

- ¿Cuántas veces he soñado despierta? - se preguntaba, dibujando una sonrisa traviesa entre sus labios.
Sacudía suavemente la cabeza mientras pensaba la respuesta.
Sonreía, vacilaba entre una tímida mueca y una disparatada carcajada.
- Sueño despierta, eeeh... siempre lo hago. Lo hago contigo cada día. Sueño que tú realmente me amas - respondió mientras miraba de reojo a Gabriel, que se encontraba a su lado derecho, sentado sobre el césped.
- Te amo, Constanza, enserio - bajó la mirada con los ojos brillantes, humedecidos - ¿me vas a decir que acaso no lo demuestro?
Él tomaba las cosas tan enserio. Para Constanza no era más que un simple juego.
No es que tomara esta relación como un juego, no es que intentase jugar con los dulces sentimientos de su amado Gabriel. Constanza se dedicaba a vivir la vida a su manera. Solía ver las cosas con esa magia que la mayor parte de la gente había perdido. Constanza jugaba a que podía ser feliz dentro de un mundo lleno de crueldad e injusticias.
- ¿Tú no sueñas? - preguntó Constanza.
El muchacho desconcertado, se quedó unos segundos organizando su respuesta.
- Constanza... - dijo, y volvió a callar. Al cabo de unos segundos, sus labios susurraron algunas palabras un tanto indecisas. Como si en un suspiro echara todo fuera de sí. Como que a pesar del infinito número de palabras, no hubiesen ningunas capaces de expresar por completo aquella idea que revoloteaba en su mente - Mira, Cony. Claro que sueño, todos tenemos sueños. Pero yo no sueño que me amas, prefiero simplemente creerlo. Y prefiero tener mis pies en la tierra, antes que vivir en una fantasía. Vivimos en una realidad, mi amor, allí donde los cuentos de hadas no nos alcanzan - tomó una bocanada de aire antes de continuar - ... A veces te siento tan absorta, tan fuera de todo. Hay momentos en que creo que no le tomas el verdadero peso a las cosas. A veces creo que tu inocencia no es digna de este mundo, e incluso, a veces creo que no eres digna de mí.
- ¿Crees que los árboles oyen lo que hablamos? - dijo Constanza.
A veces su fantasía cruzaba los límites de lo convencional. A ratos, las curiosas dudas que le surgían eran un tanto infantiles y absurdas, pero no por eso imposibles, decía ella. Quizás debía dejar de soñar, y simplemente creer. Talvez debía alejarse de sus ideas ilógicas y acercarse más al mundo real. Quizás debía explorar y buscar el oído de los árboles...




