martes, 25 de mayo de 2010

· Dream with me






- ¿Cuántas veces he soñado despierta? - se preguntaba, dibujando una sonrisa traviesa entre sus labios.
Sacudía suavemente la cabeza mientras pensaba la respuesta.
Sonreía, vacilaba entre una tímida mueca y una disparatada carcajada.
- Sueño despierta, eeeh... siempre lo hago. Lo hago contigo cada día. Sueño que tú realmente me amas - respondió mientras miraba de reojo a Gabriel, que se encontraba a su lado derecho, sentado sobre el césped.
- Te amo, Constanza, enserio - bajó la mirada con los ojos brillantes, humedecidos - ¿me vas a decir que acaso no lo demuestro?

Él tomaba las cosas tan enserio. Para Constanza no era más que un simple juego.
No es que tomara esta relación como un juego, no es que intentase jugar con los dulces sentimientos de su amado Gabriel. Constanza se dedicaba a vivir la vida a su manera. Solía ver las cosas con esa magia que la mayor parte de la gente había perdido. Constanza jugaba a que podía ser feliz dentro de un mundo lleno de crueldad e injusticias.


- ¿Tú no sueñas? - preguntó Constanza.
El muchacho desconcertado, se quedó unos segundos organizando su respuesta.

- Constanza... - dijo, y volvió a callar. Al cabo de unos segundos, sus labios susurraron algunas palabras un tanto indecisas. Como si en un suspiro echara todo fuera de sí. Como que a pesar del infinito número de palabras, no hubiesen ningunas capaces de expresar por completo aquella idea que revoloteaba en su mente - Mira, Cony. Claro que sueño, todos tenemos sueños. Pero yo no sueño que me amas, prefiero simplemente creerlo. Y prefiero tener mis pies en la tierra, antes que vivir en una fantasía. Vivimos en una realidad, mi amor, allí donde los cuentos de hadas no nos alcanzan - tomó una bocanada de aire antes de continuar - ... A veces te siento tan absorta, tan fuera de todo. Hay momentos en que creo que no le tomas el verdadero peso a las cosas. A veces creo que tu inocencia no es digna de este mundo, e incluso, a veces creo que no eres digna de mí.

- ¿Crees que los árboles oyen lo que hablamos? - dijo Constanza.

A veces su fantasía cruzaba los límites de lo convencional. A ratos, las curiosas dudas que le surgían eran un tanto infantiles y absurdas, pero no por eso imposibles, decía ella. Quizás debía dejar de soñar, y simplemente creer. Talvez debía alejarse de sus ideas ilógicas y acercarse más al mundo real. Quizás debía explorar y buscar el oído de los árboles...

lunes, 24 de mayo de 2010

·Sofía


Sofía es una niña, según dicen, algo distraída. De esas que muerden los extremos de los lápices mientras observan por la ventana en clases de Álgebra. A Sofía le gustan los días de lluvia, los días en que llueve a ratos y luego en el cielo puedes ver un arcoiris. También le gusta ver películas francesas, tomar café en tazón, y leer algunas novelas. A ella le gusta mucho escribir, escribe poemas, poemas de amor. Dice estar enamorada del Sol, y que le gustaría construir una enorme escalera para llegar hasta las nubes, y así poder verlo de más cerca. Sofía ama los tallarines con salsa bolognesa, el tomate picadito en cubos (no cortados en rodajas, sólo en cubos), y el limón con sal partido a la mitad. Le gusta pintar acuarelas, hacer degrades multicolores, y dibujar personitas diminutas navegando un canal de Venecia. Ella no odia nada ni a nadie, pero le desagradan a sobremanera las canciones en inglés Norteamericano (pues dice que la pronunciación es horrible), los pulgones en las plantas de mamá, las personas que no pagan en el transporte público, y los días demasiado soleados (sobre todo cuando no lleva dinero para comprar un refrescante helado de chirimoya-alegre, su favorito). Sofía no suele ir a fiestas, no le gusta el alcohol, ni le llaman la atención las drogas (por un tiempo pensó en fumar cigarrillo, pero de inmediato desecho la absurda idea). Sofía ríe con chistes cortos, con telenovelas mexicanas, en fotos con amigas, y al imaginar figuras con las nubes. Llora con el shampoo en los ojos, con una que otra película infantil, en las visitas al cementerio.
Mamá le contaba historias cuando pequeña. Solía contar historias con un final feliz. Sofía creció ignorando que hay finales que no son felices, y entonces fue así como tuvo que aprender ese pequeño detalle de la vida.
Eric era su novio, ella lo llamaba "su media naranja". Salían varios días a la semana, la verdad no lo suficiente. Ella lo amaba, era el rayito de Sol que iluminaba sus días. Un día Eric conoció a otra, y sin más ni menos, dejó a Sofía. Se fue con otra, con otra que no imaginaba figuras en las nubes, que no amaba los días de lluvia, que no escribía poemas, ni gustaba de los tallarines con salsa bolognesa. Se fue con otra que no era distraída, se fue con otra totalmente diferente a Sofía. Entonces ella pensaba que entonces jamás la quiso realmente, jamás quiso a la chica enamorada del Sol. Eric sólo jugó con ella.
Así fue como aprendió que las historias no siempre tienen finales felices, y que la gente no siempre es como uno piensa. Aprendió a no confiar en nadie, y a no entregarse por completo. Comenzó a pintar acuarelas de bosques oscuros, sin personitas navegando, sin canal de Venecia. Recicló la idea de fumar cigarrillo, y empezó a asistir a fiestas. Decía que así se sentía mejor, que era la vida real que antes no conocía. Lo cierto era que ya no era la niña distraída, ya no era la chica de siempre. Lo cierto es que ese joven decepcionó a la muchachita. Lo cierto es que ella ya no era Sofía.

jueves, 6 de mayo de 2010

·It's like a rainbow



Creía que la lluvia, eran gotitas de lágrimas. Creía que la nieve era azúcar que caía de los cielos. Creía también que el arcoíris eran trocitos de la mina de una infinidad de lápices de colores. Y hasta ayer creía que podía seguir viviendo de esa absurda fantasía.

lunes, 3 de mayo de 2010

·Ballet


Era ya más del medio día, y Antonia continuaba observando caer las finas gotas de lluvia a través del cristal. Llevaba alrededor de un par de horas allí sentada frente a la ventana del gran salón. Como ida. Como inmersa en su propio mundo.

Pensaba algo. ¡Claro!, algo debe haber hecho durante ese misterioso trance: imaginaba. Jugaba con las siluetas, movimientos. Aquellos movimientos tan inesperados, y un tanto improvisados. Aquel maravilloso conjunto, ese "todo" tan agradable a la vista. Esa combinación precisa de maniobras un poco alocadas; pero que nunca, jamás perdían esa cadencia tan característica del simple actuar de la naturaleza sobre todo eso que nos rodea (era como solía describir cada minúsculo detalle de su disparatado entorno).

No hallaba la manera de poder imitar, o si tan sólo fuese asemejar algunos de esos movimien
tos, de aquella majestuosa cadencia con que danzaban las figuras, aquellas siluetas. Esas gotas cristalinas que caían desde los cielos, y morían con gracia y lentitud en este suelo tan muerto. Ese vibrar de las hojas de los árboles meneándose al compás del viento.

Antonia no encontraba los medios para imitar aquella bella sincronía. Se paraba en la punta de sus finos pies, y brincaba con elegancia. Giraba delicadamente, suave, liviana como una pluma. estiraba sus brazos hasta la punta de los dedos. Pero no se conformaba con su "mísero" resultado.



La lluvia cesó. Antonia estaba agotada sentada sobre una gran alfombra. Miró la ventana, mas ahora no observó nada. La calma reinaba. Todo estaba plenamente sumergido dentro de esa calma que replet
aba todos los rincones luego de una día lluvioso. Se sentó nuevamente frente a la ventana, y se dedicó a observar... simplemente. Esta vez no imitaría esa esencia creada para su
pura admiración. Esta vez se dedicaría a contemplar todo aquello. Luego los pasos saldrían, luego se dejaría llevar por sus propias emociones. Luego podría transformar toda la experiencia vivida, en sentimientos para luego llevarlos a la danza, en vez de intentar asimilar aquellos movimientos.

Antonia estaba feliz con su nueva conclusión. Después de un rato, comenzó a bailar hasta crear la más bella sucesión de pasos dulcemente adornados con los más puros sentimientos nacidos de un día de lluvia.