sábado, 11 de septiembre de 2010

·Just a Night.




Como cada vez que ocurría, para ella no era nada más que un juego. Luego de acabar: 'Toma tus cosas y lárgate', decía fríamente. Era cosa de rutina, salir noche por medio a buscar algún chico con el cual acostarse y tener, simplemente, un poco de sexo. De ese sexo casual, sin amor, sin ni una pizca de amor. Él, exhausto, se vestía deprisa para luego desaparecer tras la puerta de la habitación.
Ella es una de aquellas mujeres que al pasar por la calle los hombres se voltean a verla. Es realmente hermosa, pero por sobre todo, coqueta. Le gusta usar escotes pronunciados y ropa que resalta su figura curvilínea. Suele concurrir a discotecas, lugares donde luego de un par de minutos ya tiene una buena cantidad de varones a la siga.
A pesar de esta suerte innata con el género masculino (y algunas veces femenino), ella no lograba sentirse cómoda consigo misma. Cada vez que prestaba su cuerpo para ser víctima furtiva y desenfrenada del placer, se sentía más sucia y vacía, y creía no poder hacer nada para remediarlo. Estaba absurdamente convencida que nada conseguiría llenar aquel vacío.
Llegó alrededor de la media noche a un bar cercano por un par de cuadras al departamento que arrienda. Se sentó y pidió un trago mientras observaba impaciente lo que se le ofrecía
en el lugar. Detectó entre la multitud a un joven un par de años menor que ella que llamó especialmente su atención, y como era de costumbre, se acercó provocativa para invitarlo a que la acompañara a su departamento. El joven se mostró entusiasta, y pronto ya se encontraban frente a la puerta del apartamento, ella con las llaves en las manos buscando la correspondiente a la puerta principal (los efectos del alcohol se lo dificultaban en demasía).
Cuando entraron al departamento, lo tomó de un brazo y lo llevó directamente hacia la habitación. Comenzó a besarlo mientras, desinhibida, comenzaba a quitarle la camisa al muchacho. 'Detente!', dijo el joven volviendo a abrochar los botones de su camisa, 'me invitaste sólo para esto?', pregunto ingenuamente. Ella, desconcertada, no sabía qué decir. No estaba acostumbrada a este tipo de reacciones. Generalmente las cosas se le daban fáciles, tal como ella las planeaba. No sabía cómo responder frente al rechazo del muchacho. Era una cosa de rutina, algo que nunca cambiaba: ir en busca de su presa (como ella lo llamaba), subir al departamento, desnudarse, tener sexo, y algunas veces dormir antes de que el hombre se retirara satisfecho luego de un intenso affaire con aquella fascinante mujer. Pero.. esto? Esto no era algo para lo cual ella se encontrase preparada. 'Pensé que nos conoceríamos, conversaríamos. No me darás tiempo para conquistarte?... Quizás fui demasiado ingenuo. Pero no podía rechazar la invitación de una chica tan hermosa. Aún así, no tengo intenciones de simplemente acostarme contigo para luego nunca más volver a verte', decía el muchacho 'no, yo no... yo... no puedo... no podría tener sexo sin conocerte, sin siquiera tener un poco de cariño hacia ti... Lo siento, pero si es eso lo que querías, conmigo estas perdiendo tu tiempo'. El joven se levantó de la cama y se dirigió a la puerta.
Ella ya había comenzado, no iba a dejar que la presa se le escapara de entre sus garras. No dejaría que él atravesara esa puerta sin que antes le diera lo que ella quería. Si era necesario, pondría en juego todas sus tácticas de seducción para mantenerlo dentro de esa habitación. Quiso ser un poco más jugada e ir directo al grano, más que mal, todos los hombres con los que había tranzado siempre tenían una sola cosa en mente, todos tenían un mismo objetivo y el mismo punto débil: lo tomó firmemente por detrás y comenzó a deslizar la mano sobre su vientre mientras la introducía suavemente en su pantalón, 'y te vas tan luego?', susurró cerca de su oído con sensualidad. El muchacho, un tanto cohibido, retiró la mano de la chica con sutileza 'En serio, por favor... es que acaso no lo entiendes?'. Ella no respondió y bajó la cabeza. A su respuesta, él inquirió 'no te han hablado de amor?... no has sentido amor?... Entonces, a qué viene todo esto, toda esta entrega, si no es por amor?', suspiró 'Mira, piénsalo un poco y mañana veremos si lograste llegar a algo dentro de esa cabecita. Nos encontramos donde mismo. Yo estaré, espero encontrarte allí'. El chico sacó un papel arrugado de su bolsillo y un lápiz tinta azul. Escribió rápidamente sobre el papel, y luego lo depositó sobre las manos de la mujer 'mi número... para mantenernos en contacto' y luego se marchó.

Estuvo durante toda la noche pensando en aquel episodio. En el muchacho, en la manera en que la había tratado. Tan sutilmente. Ella no acostumbraba a tratar con hombres como él. No le cabía en la cabeza que existiera un hombre capaz de valorar el amor sobre el placer sexual, pues para ella, el hombre era un animal que seguía plenamente sus instintos y lo que su cuerpo le pedía. En este caso, su deseo sexual. Él era diferente, él llamaba su atención.
Comenzó a experimentar una suerte de obsesión durante el día. Recordaba al muchacho, su pelo castaño algo ondulado, sus ojos marrones, sus escasas pecas sobre los pómulos. Cada pequeño detalle cobraba un especial protagonismo dentro de sus pensamientos. Tomó el papel, sobre el cual resaltaban ocho números escritos de azul. Tomó su celular mientras marcaba vacilante los ocho números que aquel joven había escrito. Luego colgó. No quería llamarlo, pero tenía unas ansias locas por volverlo a ver. Quería tener la seguridad de que lo encontraría allí, en el mismo bar, a la misma hora esta noche.
Cuando ya era media noche, la mujer ya se encontraba sentada en la barra. Había pedido algo suave. Esta noche quería estar sobria para tomar la mejor actitud frente al muchacho, si lo encontraba. Él no apareció. Pasaban las horas, y ella no lo veía por doquier. Eran alrededor de las 3:00 a.m, cuando una mano se posó sobre el hombro inquieto de la mujer. Era él, la miraba sonriente: 'Pensé que no vendrías. Perdón por el retraso, pero tuve realmente miedo de que no te presentaras hoy'. 'Descuida', dijo nerviosa mientras lo miraba fijamente a sus ojos marrones '¿Vamos?'. 'Te sigo, preciosa', respondió el joven con una sonrisa un poco torcida.
Llegaron nuevamente al departamento. Esta vez, ella no tuvo problemas para encontrar las llaves. Estaba sobria, al igual que él. Entraron y se pusieron cómodos sobre el sofá.
'Bien, aquí estamos nuevamente. En tu apartamento', dijo el muchacho 'Por qué prefieres comenzar?, qué tal si me dices tu nombre? Yo soy Philippe'. 'Yo soy Nenita', respondió 'Digo... me dicen Nena, también puedes decirme así'. 'Y cuál es tu nombre, Nenita?', preguntó él. 'Sophie'.'Bien, Sophie... y tu edad?', siguió Philippe con las preguntas. 'Tengo veinticuatro', dijo la mujer. 'Tengo diecinueve', dijo el muchacho.
Siguieron hablando sobre sus vidas, conociéndose. De a poco Sophie dejó los nervios. Incluso en más de alguna ocasión rieron juntos, recordando importantes acontecimientos de sus vidas. Así, se les pasó volando la noche. A la mañana siguiente Philippe se retiró, satisfecho. Como la gran mayoría de los hombres que se retiraban de esa habitación, de ese apartamento: satisfechos. Pero él estaba satisfecho de lo que había logrado junto a esa mujer. Por primera vez Sophie había salido de caza, consiguiendo una presa con la que se sentía a gusto y conforme. Por primera vez, no había salido de casa en busca de sexo, o de algo pasajero. Sophie se estaba interesando realmente en aquel muchacho. Y el muchacho le correspondía en sus sentimientos por ella. Se podría decir que durante esa noche habían compartido algo que iba mucho más allá que una simple entrega carnal, porque ellos habían compartido sentimientos, emociones, experiencias. Ellos habían entregado su amistad, su confianza, a un completo desconocido. Pero lo más importante, era que así mismo dejarían de ser desconocidos. Pues no sería la última vez que verían.
Más tarde, Sophie se disponía a salir de compras. No tenía nada que comer, e iba a ir por algo que hacer de almuerzo. Abrió la puesta y sonó el timbre. Frente a ella se encontró con Philippe, con una mano sobre el timbre, mordiendo una pequeña margarita que rápidamente sacó de su boca para entregársela. Traía bolsas con comida china. 'Buenas tardes, traigo algo de comer. Puedo?', dijo mientras avanzaba un poco para entrar al departamento. 'Adelante', dijo Sophie y abrió la puerta. Dejó las bolsas sobre una pequeña mesa redonda del comedor, justo a un lado de la entrada, tomó a Sophie por la cintura, la acercó lentamente hacia él, y besó suavemente sus labios. Sophie sonrojó. Él sonrió y dijo 'Disculpa, creo que estoy llendo muy rápido'. 'Descuida, estás llevando el tiempo perfecto', dijo Sophie mientras esbozaba una sonrisa tímida.

viernes, 2 de julio de 2010

·It's me

Entonces caminé muy decidida. Volteé por última vez para asegurarme de que no seguías mis pasos, pero no logré verte. En el fondo, aún seguía esperando verte en la estela que dejé en mi camino, pero también en el fondo sabía que no lo harías.
Un abrazo forzado, un beso mal dado. Me dolía todo eso, pero no puedo hacerlo de otra forma. Bien sabes el poco tino que tengo cuando me pongo de esta forma, tiendo a decir mucho más de "sólo lo que pienso", suelo decir cosas que te dañan más que decirte alguna verdad.
Subí a la micro después de echar el último (esta vez sí el último) vistazo, para ver si aparecías por algún lado (seguía la absurda esperanza de poder correr a abrazarte, esta vez sin forzarlo), pero fue inútil. Ya está más que claro que no eres el de las sorpresas, tendré que conformarme.
Subí con el estómago en las manos (suena un poco desagradable) y no pude evitar derramar una lágrima mientras otra vacilante se notaba indecisa respecto a su destino. Me sequé las lágrimas con la manga de tu polerón, y me senté en un asiento junto a la ventana (como de costumbre).
Al llegar al metro, bajé de la micro con los ojos desbordados de lágrimas. Pero volví a secarlos, para evitar la mirada lastimosa de la gente. Llegué al andén y miré nerviosa la línea del metro. Imaginé un par de historias un poco suicidas sobre la imagen que se me presentaba. Luego subí al metro, escuché en mi celular un par de canciones que me hicieron sentir aún peor.
Llegué a mi casa, no quise saber más ni de ti, ni de mí. De nada. Absolutamente nada. Pero es tan inevitable que cada estúpida e insignificante palabra, imagen, situación, todo, me recuerde a ti. Puse una película y ahí me quedé (esperando tu llamado, pero claro!, tú no eres el de las sorpresas, recuerdas?).
El resto, es irrelevante. El resto ya lo sabes. De hecho, todo es irrelevante. Pero creí necesario escribirlo, grabarlo en un lugar que no fuese en mi memoria.

lunes, 28 de junio de 2010

·Winter

Creía que era un sueño...


' ...no era más que el comienzo del invierno.

·Love You ♥

Buscaba la manera de hacerte un regalo. No cualquier regalo, quiero el MeJoR ReGaLo de todos.
Quisiera darte algo con sentido, con un significado nuestro.
Me gustaría darte un corazón ♥ como el mío, que latiera para ti cada día.
Me gustaría darte un arco iris dentro de una caja, para que al abrirla iluminase tu sonrisa.
Te daría hasta mi vida, pero no imagino cómo. Te daría cada esencia de los recuerdos que hoy añoro.
Quiero hacerte un regalo, amor. Enserio el más hermoso deTODOS. Te daría la Luna, el SoL y el CieLo aZULOSO.
Te daría mi todo. En resumen, te doy mi Amor!
Te amaré de aquí hasta siempre. Para siempre seremos "Tú & Yo".
m&m's ♥ foreverandevertogether


domingo, 13 de junio de 2010

·Play with my feeling


Y todo lo que puedo o podría dar, sería por ella. Aunque para ella no sea más que un juego.
Quizás de tantas vueltas que de la vida, ella terminara enamorándose de un imbécil como yo. De un hombre con cuerpo de niño, o un niño jugando a ser hombre. Ojalá pudiese adivinar el futuro y así saber con qué sorpresa me encontraré mañana: "Te quiero" y un abrazo, de esos que tanto disfruto; o talvez una mirada con indiferencia, y no saber de ella hasta otro día en que ande de buenas.
Ojalá también pudiese leer esas lágrimas invisibles con las que repleta su mirada. Leer esa sonrisa, y saber así cuál es su alegría. Ojalá poder regalarle un arcoiris dentro de una caja, y así verla sonreír cada vez que quiera abrirla, con esa expresión expectante que tanto me gusta ver en ella. Como si todo fuese una gran sorpresa. Como si eso tan cotidiano, perdiera sentido para que ella pudiera otorgarle uno más adecuado, y tan diferente cada día.


¿Podrías dejar de actuar como un espejo, dejar de imitar mis falsos movimientos?. Deja de hacerme creer que lo que dices es cierto. Puedo quererte sabiendo que estoy sufriendo. Puedo abrazarte, aunque al abrazarte me queme por dentro. Puedo besarte, y entregarte mi vida entera en un solo beso.
Y aunque seas esa pequeña muchacha que demuestra ser tan frágil. Lo sé, eres fuerte. Estás llena de carcasas, estas llena de paredes que me impiden descubrirte por completo. Estás llena de tabúes, de innombrables y reservas. Estás llena de silencios, a veces pareces tan muerta. Y pareces tan suave, tan delicada como el pétalo de una rosa. Quisiera cuidarte, pero yo debería ser quien se cuidara de ti. Cualquier día de estos me encontraré diciendo que te perdí.
Parecerás un sueño, dentro de mil ilusiones de ensueño. Sabré que jamás te tuve, por lo que realmente nunca te perdí. Seguiré siendo tu juego, a pesar que ya lo ganaste. Serás mi fantasía, mi cuento de hadas sin final feliz.


sábado, 12 de junio de 2010

·Little Kitty


Cuando abrió los ojos, nada era lo mismo. Ya no sentía el calor de un hogar, más bien hacía un frío que calaba los huesos.
Se puso de pie, mientras buscaba una salida entre las paredes de cartón que lo rodeaban. Era un espacio reducido para él y sus tres hermanos. No tenían comida, la leche que se hallaba en un pequeño pocillo había sido derramada sobre un frío género, en el cual dormían aún sus hermanos.
Se levantó sobre sus patas traseras tanteando el techo de la caja hasta poder abrir un pequeño agujero por el que pudo observar el exterior. Era todo tan diferente. Gran cantidad de piernas apresuradas se dirigían en distintas direcciones, sin percibir la presencia de la caja de cartón. Intentó abrir un poco más, sacando una de sus patas delanteras por el pequeño espacio. Rasguñando pudo romper la cinta que sellaba la tapa de la caja, y así pudo abrirla para salir de ella.
Caminó en dirección desconocida. Nada le parecía familiar. Nada le parecía seguro. Pero la curiosidad le llamaba a seguir su camino sin rumbo fijo.
Caminaba agazapado, siempre alerta a cualquier peligro. Estaba asustado. No comprendía qué había pasado con su querida familia. No sabía dónde estaba su madre.
Un par de niños se detuvieron frente a él: "¡Que bonito minino!", exclamó uno, seguido por el otro "Pero si es un hermoso gatito. Madre, ¿podemos quedárnoslo?". La mujer desinteresada, siguió su camino sin responder a la absurda pregunta. Los niños se quedaron un momento acariciándolo y luego se marcharon.
Se sentó entonces bajo un vehículo, observando nuevamente a su alrededor. Maulló tímidamente, esperando una respuesta. Extrañaba su hogar, extrañaba a su madre, extrañaba a sus hermanitos. Se sentía solo.
Siguió su camino, esperando encontrar el camino que lo llevaría de vuelta a casa.
De pronto, sintió un fuerte sonido, atemorizante. Se engrifó y echó a correr lo más rápido que pudo, sin mirar atrás. Ladrando, casi rugiendo, venía un enorme perro corriendo tras él. Sin pensarlo mucho (sin siquiera haberse enterado antes de su capacidad para ello) trepó un árbol lo más alto que pudo, para quedar fuera del alcance de su feroz oponente. Sentía que su pequeño corazoncito se saldría de su pecho en cualquier momento, latía desbocado. Estaba agitado, la respiración y el palpitar de su corazón iban a mil por hora. No sentía las patas. Sus garras estaban incrustadas a la rama del árbol, y el pelaje del lomo continuaba engrifado. Así se quedó durante un largo rato. Era el mayor susto de su vida, quizás era hasta el único.
Cuando ya recobró el aliento recuperó la conciencia, notó que estaba tan alto que ya no sabía como bajar de allí. El susto que había pasado con aquella enorme bestia no le había dado tiempo suficiente para darse cuenta de lo que estaba haciendo.
Quiso bajar, pero no pudo conseguirlo. De a poco empezaba a oscurecer y seguía sobre ese árbol, ya un poco hambriento. Comenzó a maullar, a gemir, a hacer todo tipo de sonidos con tal de lograr que alguien viniese por su ayuda.
De pronto, un niño caminaba por la calle y escuchó los ligeros maullidos del pequeño gatito. Puso mejor atención hasta que notó de dónde venían aquellos sonidos: de arriba de un árbol, de un gato pequeño que no sabía cómo bajar de allí. El joven intentó subir al árbol hasta que pudo alcanzarlo y lo tomó con una de sus manos mientras con la otra se aferraba a una rama. El gato asustado, atrapó el antebrazo del niño clavando sus garritas contra la manga del polerón. "Ya estás bien, ¿qué hacías allí arriba?", dijo mientras dejaba al animal en el suelo "¿de dónde eres?, ¿quién te ha dejado aquí?". Él gato observaba al chico hablarle y agitaba la cola lentamente de un lado a otro. "Te llevaré conmigo, es peligroso que te quedes aquí", lo tomó entre sus brazos y caminó en dirección a su hogar "Quizás mi madre no te quiera allí, pero intentaré convencerla. ¡No te puede dejar en la calle!, eres muy pequeño".

martes, 25 de mayo de 2010

· Dream with me






- ¿Cuántas veces he soñado despierta? - se preguntaba, dibujando una sonrisa traviesa entre sus labios.
Sacudía suavemente la cabeza mientras pensaba la respuesta.
Sonreía, vacilaba entre una tímida mueca y una disparatada carcajada.
- Sueño despierta, eeeh... siempre lo hago. Lo hago contigo cada día. Sueño que tú realmente me amas - respondió mientras miraba de reojo a Gabriel, que se encontraba a su lado derecho, sentado sobre el césped.
- Te amo, Constanza, enserio - bajó la mirada con los ojos brillantes, humedecidos - ¿me vas a decir que acaso no lo demuestro?

Él tomaba las cosas tan enserio. Para Constanza no era más que un simple juego.
No es que tomara esta relación como un juego, no es que intentase jugar con los dulces sentimientos de su amado Gabriel. Constanza se dedicaba a vivir la vida a su manera. Solía ver las cosas con esa magia que la mayor parte de la gente había perdido. Constanza jugaba a que podía ser feliz dentro de un mundo lleno de crueldad e injusticias.


- ¿Tú no sueñas? - preguntó Constanza.
El muchacho desconcertado, se quedó unos segundos organizando su respuesta.

- Constanza... - dijo, y volvió a callar. Al cabo de unos segundos, sus labios susurraron algunas palabras un tanto indecisas. Como si en un suspiro echara todo fuera de sí. Como que a pesar del infinito número de palabras, no hubiesen ningunas capaces de expresar por completo aquella idea que revoloteaba en su mente - Mira, Cony. Claro que sueño, todos tenemos sueños. Pero yo no sueño que me amas, prefiero simplemente creerlo. Y prefiero tener mis pies en la tierra, antes que vivir en una fantasía. Vivimos en una realidad, mi amor, allí donde los cuentos de hadas no nos alcanzan - tomó una bocanada de aire antes de continuar - ... A veces te siento tan absorta, tan fuera de todo. Hay momentos en que creo que no le tomas el verdadero peso a las cosas. A veces creo que tu inocencia no es digna de este mundo, e incluso, a veces creo que no eres digna de mí.

- ¿Crees que los árboles oyen lo que hablamos? - dijo Constanza.

A veces su fantasía cruzaba los límites de lo convencional. A ratos, las curiosas dudas que le surgían eran un tanto infantiles y absurdas, pero no por eso imposibles, decía ella. Quizás debía dejar de soñar, y simplemente creer. Talvez debía alejarse de sus ideas ilógicas y acercarse más al mundo real. Quizás debía explorar y buscar el oído de los árboles...

lunes, 24 de mayo de 2010

·Sofía


Sofía es una niña, según dicen, algo distraída. De esas que muerden los extremos de los lápices mientras observan por la ventana en clases de Álgebra. A Sofía le gustan los días de lluvia, los días en que llueve a ratos y luego en el cielo puedes ver un arcoiris. También le gusta ver películas francesas, tomar café en tazón, y leer algunas novelas. A ella le gusta mucho escribir, escribe poemas, poemas de amor. Dice estar enamorada del Sol, y que le gustaría construir una enorme escalera para llegar hasta las nubes, y así poder verlo de más cerca. Sofía ama los tallarines con salsa bolognesa, el tomate picadito en cubos (no cortados en rodajas, sólo en cubos), y el limón con sal partido a la mitad. Le gusta pintar acuarelas, hacer degrades multicolores, y dibujar personitas diminutas navegando un canal de Venecia. Ella no odia nada ni a nadie, pero le desagradan a sobremanera las canciones en inglés Norteamericano (pues dice que la pronunciación es horrible), los pulgones en las plantas de mamá, las personas que no pagan en el transporte público, y los días demasiado soleados (sobre todo cuando no lleva dinero para comprar un refrescante helado de chirimoya-alegre, su favorito). Sofía no suele ir a fiestas, no le gusta el alcohol, ni le llaman la atención las drogas (por un tiempo pensó en fumar cigarrillo, pero de inmediato desecho la absurda idea). Sofía ríe con chistes cortos, con telenovelas mexicanas, en fotos con amigas, y al imaginar figuras con las nubes. Llora con el shampoo en los ojos, con una que otra película infantil, en las visitas al cementerio.
Mamá le contaba historias cuando pequeña. Solía contar historias con un final feliz. Sofía creció ignorando que hay finales que no son felices, y entonces fue así como tuvo que aprender ese pequeño detalle de la vida.
Eric era su novio, ella lo llamaba "su media naranja". Salían varios días a la semana, la verdad no lo suficiente. Ella lo amaba, era el rayito de Sol que iluminaba sus días. Un día Eric conoció a otra, y sin más ni menos, dejó a Sofía. Se fue con otra, con otra que no imaginaba figuras en las nubes, que no amaba los días de lluvia, que no escribía poemas, ni gustaba de los tallarines con salsa bolognesa. Se fue con otra que no era distraída, se fue con otra totalmente diferente a Sofía. Entonces ella pensaba que entonces jamás la quiso realmente, jamás quiso a la chica enamorada del Sol. Eric sólo jugó con ella.
Así fue como aprendió que las historias no siempre tienen finales felices, y que la gente no siempre es como uno piensa. Aprendió a no confiar en nadie, y a no entregarse por completo. Comenzó a pintar acuarelas de bosques oscuros, sin personitas navegando, sin canal de Venecia. Recicló la idea de fumar cigarrillo, y empezó a asistir a fiestas. Decía que así se sentía mejor, que era la vida real que antes no conocía. Lo cierto era que ya no era la niña distraída, ya no era la chica de siempre. Lo cierto es que ese joven decepcionó a la muchachita. Lo cierto es que ella ya no era Sofía.

jueves, 6 de mayo de 2010

·It's like a rainbow



Creía que la lluvia, eran gotitas de lágrimas. Creía que la nieve era azúcar que caía de los cielos. Creía también que el arcoíris eran trocitos de la mina de una infinidad de lápices de colores. Y hasta ayer creía que podía seguir viviendo de esa absurda fantasía.

lunes, 3 de mayo de 2010

·Ballet


Era ya más del medio día, y Antonia continuaba observando caer las finas gotas de lluvia a través del cristal. Llevaba alrededor de un par de horas allí sentada frente a la ventana del gran salón. Como ida. Como inmersa en su propio mundo.

Pensaba algo. ¡Claro!, algo debe haber hecho durante ese misterioso trance: imaginaba. Jugaba con las siluetas, movimientos. Aquellos movimientos tan inesperados, y un tanto improvisados. Aquel maravilloso conjunto, ese "todo" tan agradable a la vista. Esa combinación precisa de maniobras un poco alocadas; pero que nunca, jamás perdían esa cadencia tan característica del simple actuar de la naturaleza sobre todo eso que nos rodea (era como solía describir cada minúsculo detalle de su disparatado entorno).

No hallaba la manera de poder imitar, o si tan sólo fuese asemejar algunos de esos movimien
tos, de aquella majestuosa cadencia con que danzaban las figuras, aquellas siluetas. Esas gotas cristalinas que caían desde los cielos, y morían con gracia y lentitud en este suelo tan muerto. Ese vibrar de las hojas de los árboles meneándose al compás del viento.

Antonia no encontraba los medios para imitar aquella bella sincronía. Se paraba en la punta de sus finos pies, y brincaba con elegancia. Giraba delicadamente, suave, liviana como una pluma. estiraba sus brazos hasta la punta de los dedos. Pero no se conformaba con su "mísero" resultado.



La lluvia cesó. Antonia estaba agotada sentada sobre una gran alfombra. Miró la ventana, mas ahora no observó nada. La calma reinaba. Todo estaba plenamente sumergido dentro de esa calma que replet
aba todos los rincones luego de una día lluvioso. Se sentó nuevamente frente a la ventana, y se dedicó a observar... simplemente. Esta vez no imitaría esa esencia creada para su
pura admiración. Esta vez se dedicaría a contemplar todo aquello. Luego los pasos saldrían, luego se dejaría llevar por sus propias emociones. Luego podría transformar toda la experiencia vivida, en sentimientos para luego llevarlos a la danza, en vez de intentar asimilar aquellos movimientos.

Antonia estaba feliz con su nueva conclusión. Después de un rato, comenzó a bailar hasta crear la más bella sucesión de pasos dulcemente adornados con los más puros sentimientos nacidos de un día de lluvia.


jueves, 1 de abril de 2010

·Making Love


Se entrelazaban de tal manera que conformaban un sólo cuerpo.

Escudriñaban dentro de sus cándidas miradas aquel brillo sutil, mientras se contorcionaban buscando la cadencia de la suave melodía que conformaban sus agitadas respiraciones en la fría habitación.

Era una especie de juego, entre esa traviesa maraña de tímidas carcajadas.

La simple confianza, respeto, incluso esa extraña complicidad.

Les agradaba el hecho de explorar sensaciones, dentro de sensaciones que los exploraban a ellos mismos por completo.

No eran necesarias las palabras, no necesitaban nada más que sentirse mutuamente. Sólo necesitaban dejarse llevar por una serie de efectos y reacciones un tanto contradictorias, ambiguas; pero en fin, agradables.

Se divertían en la soledad de sus simples compañías. Se entretenían entre caricias y pulsaciones desbocadas. Se divertían entre cada bocanada de aire, antes de contener el aliento nuevamente.


sábado, 27 de marzo de 2010

· Rain Rain Rain

Gotas de color.



Miré hacia el cielo. Parecían no venir de lugar alguno. Parecían nacer de la nada... de la nada misma. Unas finas gotas de lluvia caían sobre mi rostro, para luego acariciar mis pómulos con su gélida suavidad de invierno mezquino.
El cielo no parecía llorar, como había oído un par de veces salir de bocas ajenas. Más bien, la misma gente parecía estar más melancólica y nostálgica de lo habitual. Caminaban con desánimo, un poco atontadas, tal cual fuesen un puñado de zombies alineados de tal manera que no pudiesen alzar la vista para observar a quien tenían en frente.
Por otro lado, yo parecía seguir con la misma tristeza revoloteando entre mis curiosos pensamientos.

Una tímida lágrima vacilaba danzante entre mis pestañas. Lágrima que no iba a dejar derramarse por mis mejillas humedecidas por la lluvia. Aún, si con las gotas de lluvia, una única lágrima pasara completamente desapercibido; no la iba dejar ganar esta vez. Estaba totalmente convencida de que mi fortaleza dependía de las veces en que pretendía ocultar mis reales sentimientos, y como si esto tuviera algún sentido, concluía logrando mi anhelado plan.


Era estúpido. Vagar por las calles sin dirección ni sentido coherente. Buscaba nada. Quería nada. Me importaba nada. No sabía absolutamente nada. Pero había un extraño... no, no era deseo... pero algo era. Algo que me hacía mover un pie, para luego hacer lo mismo con el otro. Y así caminar por infinitas cuadras, sin entender nada, desconcertada.



Cuando llueve, creo que hay cosas difíciles de comprender.
Cuando llueve... Inexplicablemente, debe causar algún efecto en la personalidad de la gente.
Cuando llueve, deseo saltar por las pozas de agua. Cuando llueve desearía inundarme con esas hermosas gotas de colores. Zambullirme dentro de ríos de arcoíris. Abrazarte y no soltarte más.

Cuando llueve. Es la melancolía la que me hace caminar y buscar lo que aún no sabía. Lo que aún no entendía. Te busco a ti. Busco tu abrazo que me llena de colores maravillosos. Busco jugar contigo, terminar empapados. Busco ser feliz contigo una vez más.

martes, 16 de marzo de 2010

· Waiting

Medía apenas unos cuantos centímetros cuando comenzó a descubrir el mundo que lo rodeaba. No era muy complejo su entorno; más bien era un poco confuso, ambiguo, pero a pesar de todo, mantenía esa cierta monotonía dentro de su irregular variación. Eran tonalidades que iban desde el rojo intenso, hasta un color un tanto amarillento; pasando por el anaranjado, rosa, y a ratos, la plena oscuridad. Se sentía bien allí, le agradaba su hogar, o al menos eso acostumbraba a manifestar a su extraña manera. Le gustaba nadar y dar vueltas en su placentera piscina, aunque el limitado espacio tendía a evitar que desarrollara este tipo de prácticas; por lo que se conformaba con quedarse tranquilo mientras intentaba distinguir los extraños sonidos que atravesaban las paredes de su acogedor hogar. Era una voz dulce, una voz que lo conectaba indirectamente a un lugar que no conocía, pero a la vez, le parecía tan familiar. Era una realidad desconocida, una realidad que hasta ahora entendía como irreal, como abstracta, o simplemente no la entendía ni le llamaba la atención saber la existencia de ese 'algo más'.
Mientras se hacían dinámicos juegos de luces en las vacilantes paredes multicolor, él metía su dedo pulgar en su diminuta boquita moviendo sutilmente sus extremidades inferiores; causando pequeños golpecitos contra el espectáculo presentado a su alrededor.



Ella sintió unos pequeños golpecitos, y respondió a ellos con sutiles palmaditas sobre su panza. Le entretenía realizar esta especie de "jueguitos" con la criatura que llevaba dentro su vientre.
Era una imagen conmovedora; observar a la muchacha con sus enormes ojazos brillantes mientras forjaba una fuerte conexión con el pequeño, por medio de esa comunicación tan única entre ambos. Cada mínimo sentimiento o emoción era transmitido instantáneamente a la criatura, y cada deseo de él, era también un deseo irrefrenable de su joven madre.
A pesar de aquellas molestas náuseas, vómitos e impulsivos antojos; para ella, nada haría que todo esto dejase de ser una grata experiencia. Incluso era capaz de afirmar que había sido la mejor de toda su vida.
Era una experiencia nueva, tanto para él como para ella. Había sido una noticia poco esperada para él, pero aún así bien recibida. A pesar de considerarse lo suficientemente maduros y responsables, habían notado que ciertamente los impulsos y "las hormonas" traían esa clase de consecuencias difíciles de predecir, e imposibles de corregir.
Se paraba frente a ella, cariñosamente, y acariciaba su vientre con ternura. Observaba la enorme panza de la muchacha y la examinaba detenidamente con cierta expresión de rechazo. Se agachaba un tanto para apoyar el costado de su cabeza contra el vientre de su amada e intentaba recibir algún tipo de señal que proviniese desde el interior de aquella abultada cápsula.













continuará...

domingo, 7 de marzo de 2010

· Today

Caminaba descalza sobre la arena húmeda. Miraba el oleaje hacer ese vaivén característico, mientras se acercaba cautelosa sin apartar la mirada. Se sentía libre. De esa libertad tan especialmente esperada, que cuando al fin la tienes, no sabes aprovecharla hasta su más mínima expresión. Quería correr, saltar, nadar, gritar. Sin embargo, la enorme ansiedad que sentía, evitaba de forma terminante el desarrollo de alguna actividad, desde su principio hasta su respectivo final, sin desear al mismo tiempo la realización de otra. Lo cual no le permitía que disfrutara realmente del momento. De hecho se sentía algo vacía y frustrada, sin poder cumplir con sus anheladas expectativas.
La brisa acariciaba sutilmente su suave piel. Su rostro, sus brazos. Su torso y sus piernas. Ella, con los ojos cerrados, concluyó con dejarse llevar por las sensaciones que le pudiese provocar.
El agua fría se escabullía traviesa jugueteando entre sus piernas. La arena entre sus dedos. El viento se enredaba entre sus finos cabellos.

Aquel día, el sol siquiera alumbraba. Era una luz tenue. Enormes nubes cubrían aquel cielo que, en algún momento, había sido el hermoso cielo azulado. Justo hoy, el sol no iluminó con sus cálidos rayos. Justo hoy, el viento soplaba incitando la braveza de enormes olas oscuras. Justo el día de hoy, parecía la naturaleza no querer su plena felicidad.

Mientras, ella continuaba disfrutando de su efímera libertad.

Por hoy, todo desaparecía. Todo quedaba en el olvido. Por hoy, todo pasaría a segundo plano; más bien, todo pasaría a un tercer e incluso cuarto plano. Por hoy, se dedicaría a vivir el momento... sólo el momento.

· Sindy

Llevaba semanas experimentando una nueva sensación que llenaba de una extraña sensación de magia mis monótonos días laborales. Desde aquel día de lluvia había descubierto en el metro a una muchacha de tez clara, oscuros ojos tristes, y un cabello dorado y ondulado que cubría elegantemente parte de sus hombros. Vestía pantalones negros un poco ajustados, no llevaba maquillaje, usaba poleras anchas que no resaltaban su fina contextura.
No sabía nada de ella, ni siquiera su nombre. Aún así me las había arreglado para descubrir la estación en que se bajaba.
Cada día que la veía camino a mi trabajo, iba aumentando una especie de obsesión por esa extraña mujer. La llamaba "Sindy" en mis pensamientos, pues mi escaza imaginación no había encontrado un apodo que se acomodara mejor al misterio que expresaba la tristeza en su mirada. Pues claro, "Sindy" tampoco era algo que encajara en absoluto con algún tipo de expresión de mis sentimientos por ella. Aún así, Sindy me agradaba... era perfecto para llamar a una persona de la cual no sabes nada.
Observaba a la muchacha día a día, sin que ella se percatara de mi insistente mirada (o al menos, así lo creía yo). Sindy subía al tren y se afirmaba de un fierro del cual no se desprendía durante todo el camino. Yo me acomodaba en un asiendo tras ella y la observaba por el reflejo de las ventanas.
Un día comencé a notar que mi atracción por ella había aumentado tanto hasta el punto de imaginar situaciones un tanto morbosas junto a la mujer. Cada vez que la veía, no podía contener mis ansias por abalanzarme sobre ella, besarla, y llevarla a mi apartamento. Pero ella se veía tan calmada, tan inexpresiva, retraída... que me hacía reforzar la capacidad de contener mis ganas insaciables por ella. Esto era también una especie de obsesión por comprenderla, por consolarla, por saber que la apenaba, por descubrir el misterio de su hermosa y a la vez triste mirada que me enamoraba cada día más. Quería poder ayudarla, quería ser su punto de apoyo, quería ver una sonrisa de mi hermosa Sindy.


Llegó entonces un día en que la vi algo cambiada, distinta... algo le había ocurrido. Llevaba sus labios pintados color rojo como el rubí. Sus oscura mirada se veía indecisa. Su hermoso cabello brillaba como el oro sobre sus hombros desnudos, no notaba ningún cambio aparente. Llevaba un vestido gris de tirantes que le llegaba a la rodilla, y unos zapatos de tacón. Se veía hermosísima.
Ya no lucía como antes. Esta vez su atrevida apariencia llamaba más mi atención y producía una especie de alteración de mis hormonas que enloquecían al ver su deslumbrante figura atravesar el vagón para posarse en su lugar de costumbre.
Esta vez pude notar en el reflejo, que la dirección en su mirada iba dirigida hacia mí. Muy nervioso aparté la mirada de ella, sintiéndome avergonzado, sintiéndome como descubierto en una especie de crimen imperdonable. La muchacha bajó la mirada e hizo una mueca que intentaba ocultar una tímida sonrisa. Se dio la vuelta y se acercó hacía mí. "Te bajas aquí?", dijo Sindy con una mirada cautivante. No respondí nada, y a los segundos me vi bajando del tren con la mujer de mirada misteriosa a mi lado...

viernes, 5 de marzo de 2010

·Girl

Se columpiaba suavemente mientras una leve brisa se enredaba entre su cabello rizado color caramelo. Era un columpio de madera, sujetado firmemente a la rama de un árbol con una cuerda de fibras cuidadosamente trenzadas. Llevaba un pomposo sombrero blanco, adornado al puro estilo del rococó. Del sombrero colgaban unas presuntuosas cintas rosa pálidas; que sin la cándida esencia de la niña, perderían toda gracia y elegancia. Traía puesto un vestido que hacía un perfecto juego con su sombrero. Un vestido blanco, con finos detalles que molestaban un poco a la vista, pero con la simplicidad del paisaje, conformaban una excelente armonía.
El balanceo producía un sutil crujido. Siempre la misma intensidad. No variaba la velocidad, ni el sonido, ni la respiración calmada de la muchachita. No cambiaba nada. Todo era tan monótono. Nada interesante, salvo el simple hecho de observar la majestuosidad de la niña.
Me producía una suerte de melancolía. Tan sola, tan tranquila. Tarareaba una cancioncita con su dulce voz, mientras observaba el vacío con gran expectación.
Su piel pálida, sus ojos color miel. Un suave rubor coloreaba sus mejillas. Sus pies descalzos se balanceaban sutilmente. Se aferraba con delicadeza a las cuerdas que sujetaban el columpio.
No ocurría nada. Esperaba que ocurriera algo, impaciente. Pero ya era suficiente con sólo eso. Si ocurriera algo, ya no sería lo mismo. Si ocurriera algo, ya no sería "la niña del columpio". Si ocurriera algo, no querría estar ahí. No quisiera estar presente en tal ruptura de la perfecta armonía...

martes, 16 de febrero de 2010

·Eat


Ya estaba aburrida de oir siempre las mismas palabras hirientes. Estaba harta de soportar todo ese sufrimiento en silencio. "Estás gorda!", me acostumbraba a decir la gente. "Déjate de comer, vas a seguir engordando!", oía cada vez que disponía a dejarme llevar por lo sabroso que se veía algún comestible.
Es que nadie se daba cuenta de cómo me sentía realmente. Nadie oía mis llantos, nadie secaba mis lágrimas. Nadie se percataba que por dentro mi alma pedía ayuda a gritos. Nadie sabía la impotencia que sentía, ni la fuerte tendencia que tenía a guardar toda esa rabia, todas esas penas, toda la angustia, todo el dolor. Hasta que un día no pude más... hasta que un día tuve que colapsar.
Ese día almorzamos un poco tarde. Mi madre sirvió mi plato abundante, como acostumbraba a hacerlo. Comencé a comer apresuradamente, todo estaba muy rico, lo que provocaba que mi "hambre" aumentara con cada porción que llevaba a mi boca. "Come lento! Digiere bien los alimentos, niña! Mastica!", dijo mi madre, mirándome desde el otro lado de la mesa. Era cierto, casi no alcanzaba a masticar la comida cuando ya me llevaba otra cucharada a la boca. "Después te quejas que una te dice que estás gorda", repetía mi madre. No aguanté más, cada palabra me hería en lo más profundo de mi ser. Me puse de pie sin haber terminado mi comida y me dirigí hacia mi habitación. Las lágrimas se derramaban lentamente por mis mejillas. La ira se extendía hasta cada diminuto rincón de mi cuerpo.
Esa tendencia de guardar cada uno de mis sentimientos y mis problemas, era la mayor razón que desencadenaba una fuerte ansiedad en mí. Misma ansiedad que satisfacía consumiendo todo tipo de comestibles, intentando conseguir saciar mi hambre incontrolable. Problema que traía consigo una enormidad de problemas más.
Luego de un largo rato llorando en mi habitación (sin que nadie fuese a preguntar qué me ocurría), salí cautelosamente. Entré al baño y cerré la puerta sin hacer ruido. Me paré frente al espejo y observé detenidamente, "de verdad estoy gorda", pensé apenada, luego de ver mi horrible reflejo en el cristal. "Estoy obesa. No puedo seguir así. Estoy fea. Tengo que adelgazar, voy a adelgazar", repetía incansablemente dentro de mi mente.
Al mismo tiempo que tramaba un sinfín de ideas para llevar a cabo mi riguroso plan para adelgazar, me daba cuenta de que no sería capaz de dejar la comida. Adelgazaría, pero debía haber alguna alternativa que rescatara la posibilidad de seguir comiendo.
Fue entonces cuando tuve la idea que estaba esperando. Dirigí mi mirada hacia el WC y me acerqué tímidamente, temerosa. Abrí la tapa y continué observándolo un poco desconcertada. Conduje mis dedos hacia el interior de mi boca y me provoqué una pequeña arcada. No hubo ningún resultado. Volví a intentarlo obteniendo resultados que me convencieron positivamente. Me produje un vómito, luego otro, y así sucesivamente hasta que me ganó el cansancio. Me había sobrepasado, estaba completamente "vacía". Sentía que me iba a desmayar. Pero, de alguna u otra forma, todo esto me hacía sentir extrañamente bien conmigo misma. Comencé a repetir este proceso durante los siguientes días.
Ya estaba más delgada, pero a la vez me sentía débil. Frágil como el cristal, liviana como una pluma. Cada vez quería más, cada vez me parecían menos mis crudos intentos por ser más delgada. Cada desesperado intento me parecía nada comparado con el anterior. Cada día mis intentos aumentaban su intensidad. No sabía en qué iba a terminar todo esto. Tenía miedo, pero por fin creía agradarle a la gente. Tenía miedo, pero a la vez creía que todo esto sería mucho mejor...

·Melody






Era una suave melodía. Por momentos me hacía viajar por un mundo paralelo (mundo que no existía). Momentos en que podía pensar y reflexionar sobre temas específicos y situaciones cotidianas. Momentos en que sólo existía lo que yo quería que existiese.

Caminaba por las calles, un típico día de lluvia. Podía llenar mis pulmones con ese gélido olor a humedad. Pisaba unas cuantas hojas secas que el viento arrancaba de las ramas frágiles de los árboles. Una pequeña brisa se escabullía entre mis ropajes y calaba mis huesos, provocando un molesto escalofrío que atravesaba sigiloso mi columna vertebral.

Me dirigí hacia una plaza, y me senté en una banca. Observé las ramas de los árboles mecerse con sigilo, producto de los fuertes soplidos del viento.

Aún no comprendo cómo hay gente que vive sin percatarse de esos hermosos "regalos" o preciados instantes que nos entrega la vida. Momentos tan simples y significativos como observar el transcurso de las vidas ajenas. Las agitadas carreras de personas estresadas por el trabajo. Las lascivas miradas de una pareja de jóvenes apoyados contra un árbol. Un par de aves alimentándose de pequeñas migajas que se desprenden de un trozo de queque. Un pequeño perro jugueteando con las hojas secas sobre el césped. El frío viento atravesar dificultoso las endebles ramas de los árboles. Todo un "ecosistema" funcionando a la par. Todos tan dependientes unos de otros. Todos complementados. Todos directamente relacionados. Pero a pesar de todo eso, no puedo evitar el hecho de no sentirme partícipe del mundo en que vivimos.




Era una suave melodía. Por momentos me hacía viajar por un mundo paralelo. Momentos en que sólo existía lo que yo quería que existiese...

lunes, 15 de febrero de 2010

·Without


Amanece otra vez mas, la necesito, no puedo respirar.
Me despierto pensando como la puedo conseguir, de q artimañas me hare armas para conseguirla.
Y la consigo, desesperado intento desenvolverla, pero sigue guardando un secreto muy grande para mi.
Esta mal q solo dedique mi vida a ella?
esta mal q sin ella no pueda vivir?
si es lo unico q me aplaca este deseo morboso de morir, pero al fin y al cabo con ella estoy muriendo de a poco.
entras por mis ojos, mi nariz, mis venas, y te quedas en un solo lugar, mi corazon...
si, lo reconozco, tengo un problema. Se q ese es el primer paso para curarse, pero yo no la quiero dejar.
ella, sin embargo, ni se percata de mi sentir.
sigue siempre igual, provoca siempre lo mismo en mi....
Soy adicto a ella, y con gusto de serlo.
Ella es la unica q esta conmigo sin siquiera estar frente a mi.
ella es la unica q puede hacerme hacer cosas q en otro estado jamas hubiera hecho.
La quiero, la necesito...



Llevaba días sin consumirla. Se me hacía difícil comportarme como una persona pacífica y civilizada cuando la gente se acercaba amistosa a preguntarme algo... o a lo que fuera.
La necesitaba. Necesitaba sentir el placentero efecto que me provocaba. Necesitaba olvidar cada uno de mis problemas y dejarme llevar por ella. Simplemente dejarme llevar.
Sería como pasarla bien un rato, olvidar los problemas, olvidar todo; y simplemente pasarla bien. Con amigos o solo, era lo que menos importaba. Con ella no necesitaba más compañía, no necesitaba nada más. Hasta los demás vicios se hacían nada a su lado. El alcohol no era nada más que un aperitivo para comenzar lo que yo autodenominaba "mi terapia".
Claro, las preocupaciones desaparecían. Extrañamente me hacía sentir bien... o al menos eso quería hacerme creer.
Dependía de ella, lo reconocía. Sabía que estaba mal y que no era la mejor salida. Pero, ¿cuál era la salida?... ¿cuáles era las mejores posibilidades, sino esta? No quería más preocupaciones, y el sólo hecho de pensar en buscar soluciones a mis problemas, ya me causaba dolor de cabeza.
Me sentía bien, me sentía excelente, ¡maravillado!... hasta que pasaba el efecto. Y quería más. Buscaba dinero desesperado, pero se acababan mis escazos ahorros. Ya no tenía dinero, y tampoco querían darme. ¡El precio era una barbaridad!, pero me ganaban las ansias y terminaba cometiendo verdaderas estupideces para conseguirla.

Salí de casa apurado. La falta de mi preciado vicio comenzaba a producir extrañas reacciones que hacían notar mi profunda desesperación. Llevaba un polerón marrón con una capucha que ocultaba mi rostro en la oscuridad de la noche; y en un bolsillo, una pequeña navaja. Caminé a grandes y apresurados pasos por la vereda. Me acerqué hacía el sector menos visible de la acera, donde las luces alumbraban tenues. Caminé cuadras, adentrándome en la oscuridad que me ofrecía este sector del barrio. Llegué hasta un pasaje y me apoyé en la pared a la entrada de éste. Estaba realmente oscuro.
Esperé durante mucho tiempo allí. Tomé un cigarro y comencé a jugar con él entre mis dedos mientras vigilaba ansioso la calle para ver si alguien se acercaba. Estaba nervioso.
Una joven muy bella pasó velozmente frente a mí. No me había visto. Salí del pasaje y le dije:
- "Señorita, ¿tiene fuego?".
- "No, no tengo nada" - dijo la mujer sin si quiera voltear, y apresuró su paso.

Siguió su camino, aferrando su cartera, presionándola fuertemente contra uno de sus costados. Esperé que avanzara algunos cuantos pasos más antes de ir tras ella. La seguí por cuadras, sigiloso. Acechaba mi presa tal cual leona en medio de la Sabana, la seguía con cautela, la espiaba en cada esquina. Ella, sin percatarse de nada. Quise anticiparme a los hechos, y la adelanté en su camino. Mis ansias aumentaban mientras me acercaba a consumir mi plan. Me paré en una esquina y observé por si la veía venir. Ella se acercaba, nerviosa. Aún sujetaba fuerte su cartera. Sus pasos eran inseguros, desconfiados. Su caminar apresurado y temeroso.
Me oculté esperando que llegara frente a mí. Cuando la tuve suficientemente cerca, me acerqué a ella bruscamente y la acorralé contra una pared. Tomé el objeto punzante de mi bolsillo y lo puse cerca del cuello de mi víctima:
-"Deme todo lo que lleva, señorita. ¡La cartera, la cartera! Pásela, si no quiere salir dañá" - dije, mientras mantenía la directa amenaza con la navaja frente a ella.

Soltó la cartera y la tomé entre mis manos. Empujé a la joven y corrí rápidamente, escabulléndome entre los pasajes. Fui a la casa de mi principal proveedor y le pedí que me diera todo lo que alcanzara con la cartera que acababa de quitar a la joven. Fue poco lo que pudo darme, ya que la mujer portaba pocas cosas de valor, pero fue lo justo y necesario para saciar mi deseo de consumir ese preciado vicio.
Comenzó "mi terapia". Llegué a casa y pude consumir cuanto encontrara a mi alcancé. Consumí mi reciente compra, alcohol, fume un par de cigarros... disfruté cuanto vicio se me diera la gana. Cuando ya no podía más, caí rendido en el sofá. No despertaría hasta que amaneciera nuevamente...

miércoles, 10 de febrero de 2010

· Drug



Se sentía algo extasiada. Sus síntomas iban desde algo similar a una taquicardia, hasta una sutil tormenta de sonrisas traviesas y sin sentido. De vez en vez, se le arrancaban unas leves carcajadas, un tanto distorsionadas. Se veía un poco desquiciada, dentro de su extraño estado.
No se sentía mal... no. Pero tampoco creía sentirse bien. Se notaba algo perturbada, como si algo la incomodase, como si su sistema en sí evitase algo, como si su organismo rechazara de manera chocante alguna cosa en particular, y la mantuviese delirando en ese estado.
Se levantaba de vez en cuando, y caminaba sin dirección determinada balanceándose de lado a lado. Chocaba contra las paredes, y tropezaba con cualquier objeto que se le cruzaba en su dubitativo camino. Lanzaba palabras al aire, sin pensarlas, sin siquiera poder procesarlas al momento que las pronunciaba. No razonaba, pero en el fondo de sí misma, sabía que algo ocurría; pero a la vez, no se interesaba en lo más mínimo por descubrirlo.
Se sentó, mientras miraba en todas direcciones. Su mirada vacía, vacilaba entre la luz del exterior que entraba por la estrecha ventana y la leve oscuridad que reinaba en el resto de la habitación. Comenzó a forzar su turbada mente a reflexionar un poco.
"¿QQuuée mmee ppaassaa?"- Se preguntaba confundida, mientras su mirada perdida seguía cautelosa el aleteo de un pequeño insecto - "¿QQuuée ooccuurrrree?".
Comenzó a recordar por escenas entrecortadas que visitaban a momentos su agitada memoria.
Recordó un hombre, varios años mayor que ella. Recordó su bicicleta tirada sobre el césped, y unos tenues rayos de sol reluciendo en el reflejo del manubrio metálico. Luego, el hombre forcejeando contra ella. Recordó al hombre riendo a crueles carcajadas mientras de ponía de pie, y se disponía a marcharse rápidamente. Recordó un fuerte forcejeo, y su caída brusca sobre el césped, tras unos tupidos matorrales. Veía su bicicleta ahí cerca, veía también los ropajes sacados a la fuerza. Y para finalizar, se recordó sentada, llorando desconsoladamente sobre el pasto, semi desnuda y maltratada. Adolorida y herida en lo más profundo de su ser.
Cerró los ojos... por fin recordaba todo. Comprendía con exactitud todo lo que había pasado.
"Está pasando el efecto" - Dijo, al momento que se ponía de pie e iba deprisa en busca de su único alivio.

·Say Good Bye



Era un día perfecto para Sophie. La veía correr alegre por los pastizales, mientras me carcomían por dentro las ganas de terminar ya con el suspenso. Tenía que contarle, ahora... debía contarle. Pero me inundaba el miedo, el mismo miedo que no soportaría ver en ella.
Tomó mi mano, traviesa, y me llevó a ligeros pasos por el césped. Tomó una flor anaranjada y la arrancó. Me miró con sus enormes y expresivos ojos color miel, y extendió su delicada mano aferrando la flor con sus finos dedos: "Toma, amor... Para ti", dijo la mujer más hermosa del mundo entero. La recibí y retiró rápidamente sus suaves manos, se dio la vuelta y comenzó a correr de nuevo, juguetona.
Me encantaba verla así, alegre. Mi alma se llenaba de felicidad con sólo ver su hermosa sonrisa, a pesar de la enorme pena que ocultaba mi máscara de despreocupación.
Había un gran problema que me aquejaba, pero tenía que callarlo. No quería arrebatarle su felicidad ahora, debía buscar el momento indicado. Pero a la vez, necesitaba compartir este sentimiento con ella "Tus problemas son los míos, amor. Debes confiar en mí. Ahora somos dos, hay que pensar en dos", era lo que siempre me decía Sophie.
Se acercó sonriente a mí y me atrapó entre sus ligeros brazos.
"Te amo" - dijo Sophie. Y todo en mi interior comenzó a causar una especie de corto circuito.
Yo también la amaba, y de alguna manera mi alma quería quedarse a su lado. No quería separarme nunca de ella, jamás. Pero el destino quería todo lo contrario. No había más que pensar, ya no podía esconder más esta pena que me quemaba por dentro. Debíamos hablar.
"Sophie..." - dije casi en susurro.
"Dime, amor" - dijo mientras se alejaba revoloteando como una mariposa; danzando con elegancia entre los pastizales. No me salía el habla. No quería aceptar la cruda realidad de alejarme de ella para siempre. Y el hecho de decirle, de explicarle; sería como asumir y reconocer que esta hermosa historia de dos llegaba a su fin.
"Sophie, te amo..." - respondí, con la voz temblorosa...
"También te amo, Carla" - dijo Sophie, confundida - "¿ocurre algo?"
"Debo irme, amor... lejos. Esta es una despedida... Te amo, jamás te olvidaré..."
Fueron las últimas palabras pronunciadas. Luego, Sophie me abrazó. Pude ver sus lágrimas correr por sus suaves mejillas rosadas. La abracé, aferrándola fuertemente contra mí. Lloraba desconsoladamente, al igual que yo. No hubo más que decir. Los hechos decían mucho más que las palabras...