domingo, 7 de marzo de 2010

· Sindy

Llevaba semanas experimentando una nueva sensación que llenaba de una extraña sensación de magia mis monótonos días laborales. Desde aquel día de lluvia había descubierto en el metro a una muchacha de tez clara, oscuros ojos tristes, y un cabello dorado y ondulado que cubría elegantemente parte de sus hombros. Vestía pantalones negros un poco ajustados, no llevaba maquillaje, usaba poleras anchas que no resaltaban su fina contextura.
No sabía nada de ella, ni siquiera su nombre. Aún así me las había arreglado para descubrir la estación en que se bajaba.
Cada día que la veía camino a mi trabajo, iba aumentando una especie de obsesión por esa extraña mujer. La llamaba "Sindy" en mis pensamientos, pues mi escaza imaginación no había encontrado un apodo que se acomodara mejor al misterio que expresaba la tristeza en su mirada. Pues claro, "Sindy" tampoco era algo que encajara en absoluto con algún tipo de expresión de mis sentimientos por ella. Aún así, Sindy me agradaba... era perfecto para llamar a una persona de la cual no sabes nada.
Observaba a la muchacha día a día, sin que ella se percatara de mi insistente mirada (o al menos, así lo creía yo). Sindy subía al tren y se afirmaba de un fierro del cual no se desprendía durante todo el camino. Yo me acomodaba en un asiendo tras ella y la observaba por el reflejo de las ventanas.
Un día comencé a notar que mi atracción por ella había aumentado tanto hasta el punto de imaginar situaciones un tanto morbosas junto a la mujer. Cada vez que la veía, no podía contener mis ansias por abalanzarme sobre ella, besarla, y llevarla a mi apartamento. Pero ella se veía tan calmada, tan inexpresiva, retraída... que me hacía reforzar la capacidad de contener mis ganas insaciables por ella. Esto era también una especie de obsesión por comprenderla, por consolarla, por saber que la apenaba, por descubrir el misterio de su hermosa y a la vez triste mirada que me enamoraba cada día más. Quería poder ayudarla, quería ser su punto de apoyo, quería ver una sonrisa de mi hermosa Sindy.


Llegó entonces un día en que la vi algo cambiada, distinta... algo le había ocurrido. Llevaba sus labios pintados color rojo como el rubí. Sus oscura mirada se veía indecisa. Su hermoso cabello brillaba como el oro sobre sus hombros desnudos, no notaba ningún cambio aparente. Llevaba un vestido gris de tirantes que le llegaba a la rodilla, y unos zapatos de tacón. Se veía hermosísima.
Ya no lucía como antes. Esta vez su atrevida apariencia llamaba más mi atención y producía una especie de alteración de mis hormonas que enloquecían al ver su deslumbrante figura atravesar el vagón para posarse en su lugar de costumbre.
Esta vez pude notar en el reflejo, que la dirección en su mirada iba dirigida hacia mí. Muy nervioso aparté la mirada de ella, sintiéndome avergonzado, sintiéndome como descubierto en una especie de crimen imperdonable. La muchacha bajó la mirada e hizo una mueca que intentaba ocultar una tímida sonrisa. Se dio la vuelta y se acercó hacía mí. "Te bajas aquí?", dijo Sindy con una mirada cautivante. No respondí nada, y a los segundos me vi bajando del tren con la mujer de mirada misteriosa a mi lado...

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