Detuvo el auto y me miró. Había sido un largo camino en silencio, sin una sola palabra. Me puse nerviosa. Mi corazón latía fuerte y mi respiración se entrecortaba. Su miraba penetraba en mi piel provocando un escalofrío que me recorría de pies a cabeza. Tenía una expresión juguetona, su hermosa boca esbozaba una sonrisa traviesa. Quería algo.Al fin rompió el silencio con su voz dulce y calmada. Me mecía en el vaivén de sonidos que salían melodiosos de su garganta, con una modulación exquisita, con una voz fascinante. A menudo me parecía escuchar sólo el eco de sus palabras resonar en la lejanía, mientras me deleitaba con la belleza del sonar de su voz. Como si los sonidos se dividieran en distintas dimensiones, como si mis sentidos priorizaran oír que escuchar, como si las palabras perdieran sentido alguno al oír tan suave y dulce melodía.
Me quedó mirando expectante, aún con esa mirada juguetona que tanto me gustaba.
- ¿Ah? - pregunté, desconcertada.
- ¿No me oías? - dijo, y sonrió. - Que si te gustaría bailar, te decía. ¿Te animas?
Sonreí, sin saber muy bien de qué hablaba. ¿Bailar? Estábamos en plena calle, llovía. Aunque no se veían pasar autos, era algo extraño bajarnos aquí para bailar. Tampoco quería mojarme. Era tarde y hacía frío.
Lo quedé mirando perpleja. Él seguía ahí, mirándome, esperando una respuesta.
- ¿Ahora?, ¡estás loco! Vamos a un lugar a bailar si quieres. ¿Pero aquí? - sonreí - Amor, está lloviendo. Vamos a casa, no voy a bailar aquí contigo...
Su expresión cambió bruscamente. Pude ver la frustración en sus ojos, ya no brillaban. Su sonrisa se esfumó. Me quedó mirando nuevamente.
- ¿No? - insistió.
Lo observé, ahí sentado frente al volante. Un muchacho de cabello castaño con reflejos dorados. Una mirada profunda y llena de sentimientos. Hermosos ojos pardos. Un jovencito travieso, espontáneo.
¿Cómo decirle que no? Cómo iba yo a dejar que se frustrara, sólo por no querer dejarme llevar por uno de sus tantos juegos. Cómo no querer fantasear a su lado. Cómo no querer abstraernos de todo, pensar que no existe nadie más que sólo nosotros en este mundo. Cómo no querer vivir una locura junto a él, hacer el ridículo sin importar nada. Cómo no querer perder la vergüenza por juguetear junto al amor de mi vida. ¿Cómo no querer bailar junto a él bajo la lluvia?
No dije nada, no respondí y bajé del auto. Luego bajó él tímidamente, sin comprender nada. Se quedó de pié, esperando una explicación o algo. Me acerqué a él, le tomé una mano y le di una vuelta. Me acerqué a él:
- ¿Bailamos? - le susurré al oído.
Comenzó a tararear suavemente una hermosa melodía. Valsamos lentamente. Lo miraba fijamente a los ojos mientras danzábamos al son de la bellísima canción que brotaba de sus labios.
La lluvia sobre nosotros. El agua cayendo por su rostro, su cabello empapado. Su cuerpo junto al mío. Nuestras risas haciendo eco en el silencio de la noche. El repiquetear de las gotas sobre el automóvil, sobre la calle. Nuestros cuerpos humedecidos. Nuestras miradas compenetradas. El roce de nuestros labios. Los giros, el meneo de sus caderas, sus pasos cadenciosos. La suave melodía que tarareaba para mí...
