
Dormía, ahí. Justo frente a mí. Unos tenues rayos de sol atravesaban la ventana y se posaban sobre su suave piel blanquecina. Parecía la luz reflejarse con destellos dorados en sus mejillas. Brillaba, o tal vez yo lo veía de esa forma. Se veía mágicamente bello, y apaciblemente sereno. Estaba tranquilo. Quizás envuelto profundamente en plácidos sueños, de aquellos en los que me encantaría estar para compartir sus fantasías.
Recostado a mi lado, frente a frente su rostro con el mío. Su respiración pausada, calma. Transmitía una sensación apaciguadora, irradiaba ternura.
Quise besarlo, preferí no perturbar sus sueños. También quise acariciarlo, pero me bastó con contemplar la perfección de su quietud.
Sentir su respiración era un éxtasis fascinante. Su cuerpo emanaba calor que recorría escalofriante mi columna vertebral. Me enloquecía. Era desesperante tenerlo ahí, frente a mí, y no tener posibilidad de tocarlo. Aunque fuese porque yo no quisiese, me provocaba una ansiedad desenfrenada, donde sólo existía el afán de sentirlo, y a la vez la conformidad de saber que se encontraba en un ensueño del cual yo no iba a despertarlo.
Al paso del tiempo, quizá horas o minutos, comenzó a moverse. Pequeños movimientos lentos y tranquilos. Luego se estremeció. Parecía ser un sueño aterrador. Parecía haber perdido la paz, convirtiendo su plácido sueño, en una horrible pesadilla. No me atreví a despertarlo, no me atreví siquiera a tocarlo. Por suerte, no fue necesario. Sus hermosos ojos empezaron a parpadear, y luego a observar alrededor reconociendo el lugar.
Sí, era mi casa. Quizá le costaría un tanto más reconocer una habitación que no era la suya, una cama que no era la suya, y una mirada que no acostumbraba a encontrar al despertar.
Fijó la mirada en mí, me sonrojé. Su mirada brillaba con el resplandor del sol a través de la ventana, brillaba junto a su rostro y el resto de piel alcanzada por los rayos. Sus ojos claros como posas de agua cristalina, aguas color esmeralda, verdosa. Me sumergía en su mirada, y me perdía en la profundidad de las tonalidades en ella.
- Hola - dijo. Y no bastaban más palabras. Tener su mirada fija en mí valía mucho más que mil palabras. Su mirada decía mucho más, su mirada expresaba mucho más. Podía observar a sus ojos revelar un fuerte amor y una tranquilidad única. La seguridad que le brindaba y la protección que podía darme. La complicidad y el fuerte lazo que nos unía. Eso y mucho más, todo lo abarcaba su hermosa mirada.
- Hola, amor - dije, y por fin pude acariciarlo. Sentir su suave piel. Posar mi mano en su mejilla, hacerle cariño. Tomar su rostro entre mis manos, y acercarme tímida y frenéticamente para besar sus labios. Su perfección era alucinante, su belleza era enloquecedora. Sus facciones eran hermosas. Su boca tentadora, y esa tentación aumentaba al sentir el contacto de sus dulces labios. Ansiaba sus besos, ansiaba sentir su piel. Ansiaba sentirlo, completamente. Ya no había motivo para mantenerme alejada, ya no perturbaba su descanso, ya estaba despierto y no había razón por la cual dejar pasar este momento. Era momento para sentirlo. Para sentirnos. Era momento para dejar fluir esas emociones, esos sentimientos, el amor. Ya era tiempo de darnos nuestro tiempo.
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