martes, 16 de febrero de 2010

·Eat


Ya estaba aburrida de oir siempre las mismas palabras hirientes. Estaba harta de soportar todo ese sufrimiento en silencio. "Estás gorda!", me acostumbraba a decir la gente. "Déjate de comer, vas a seguir engordando!", oía cada vez que disponía a dejarme llevar por lo sabroso que se veía algún comestible.
Es que nadie se daba cuenta de cómo me sentía realmente. Nadie oía mis llantos, nadie secaba mis lágrimas. Nadie se percataba que por dentro mi alma pedía ayuda a gritos. Nadie sabía la impotencia que sentía, ni la fuerte tendencia que tenía a guardar toda esa rabia, todas esas penas, toda la angustia, todo el dolor. Hasta que un día no pude más... hasta que un día tuve que colapsar.
Ese día almorzamos un poco tarde. Mi madre sirvió mi plato abundante, como acostumbraba a hacerlo. Comencé a comer apresuradamente, todo estaba muy rico, lo que provocaba que mi "hambre" aumentara con cada porción que llevaba a mi boca. "Come lento! Digiere bien los alimentos, niña! Mastica!", dijo mi madre, mirándome desde el otro lado de la mesa. Era cierto, casi no alcanzaba a masticar la comida cuando ya me llevaba otra cucharada a la boca. "Después te quejas que una te dice que estás gorda", repetía mi madre. No aguanté más, cada palabra me hería en lo más profundo de mi ser. Me puse de pie sin haber terminado mi comida y me dirigí hacia mi habitación. Las lágrimas se derramaban lentamente por mis mejillas. La ira se extendía hasta cada diminuto rincón de mi cuerpo.
Esa tendencia de guardar cada uno de mis sentimientos y mis problemas, era la mayor razón que desencadenaba una fuerte ansiedad en mí. Misma ansiedad que satisfacía consumiendo todo tipo de comestibles, intentando conseguir saciar mi hambre incontrolable. Problema que traía consigo una enormidad de problemas más.
Luego de un largo rato llorando en mi habitación (sin que nadie fuese a preguntar qué me ocurría), salí cautelosamente. Entré al baño y cerré la puerta sin hacer ruido. Me paré frente al espejo y observé detenidamente, "de verdad estoy gorda", pensé apenada, luego de ver mi horrible reflejo en el cristal. "Estoy obesa. No puedo seguir así. Estoy fea. Tengo que adelgazar, voy a adelgazar", repetía incansablemente dentro de mi mente.
Al mismo tiempo que tramaba un sinfín de ideas para llevar a cabo mi riguroso plan para adelgazar, me daba cuenta de que no sería capaz de dejar la comida. Adelgazaría, pero debía haber alguna alternativa que rescatara la posibilidad de seguir comiendo.
Fue entonces cuando tuve la idea que estaba esperando. Dirigí mi mirada hacia el WC y me acerqué tímidamente, temerosa. Abrí la tapa y continué observándolo un poco desconcertada. Conduje mis dedos hacia el interior de mi boca y me provoqué una pequeña arcada. No hubo ningún resultado. Volví a intentarlo obteniendo resultados que me convencieron positivamente. Me produje un vómito, luego otro, y así sucesivamente hasta que me ganó el cansancio. Me había sobrepasado, estaba completamente "vacía". Sentía que me iba a desmayar. Pero, de alguna u otra forma, todo esto me hacía sentir extrañamente bien conmigo misma. Comencé a repetir este proceso durante los siguientes días.
Ya estaba más delgada, pero a la vez me sentía débil. Frágil como el cristal, liviana como una pluma. Cada vez quería más, cada vez me parecían menos mis crudos intentos por ser más delgada. Cada desesperado intento me parecía nada comparado con el anterior. Cada día mis intentos aumentaban su intensidad. No sabía en qué iba a terminar todo esto. Tenía miedo, pero por fin creía agradarle a la gente. Tenía miedo, pero a la vez creía que todo esto sería mucho mejor...

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