sábado, 12 de junio de 2010

·Little Kitty


Cuando abrió los ojos, nada era lo mismo. Ya no sentía el calor de un hogar, más bien hacía un frío que calaba los huesos.
Se puso de pie, mientras buscaba una salida entre las paredes de cartón que lo rodeaban. Era un espacio reducido para él y sus tres hermanos. No tenían comida, la leche que se hallaba en un pequeño pocillo había sido derramada sobre un frío género, en el cual dormían aún sus hermanos.
Se levantó sobre sus patas traseras tanteando el techo de la caja hasta poder abrir un pequeño agujero por el que pudo observar el exterior. Era todo tan diferente. Gran cantidad de piernas apresuradas se dirigían en distintas direcciones, sin percibir la presencia de la caja de cartón. Intentó abrir un poco más, sacando una de sus patas delanteras por el pequeño espacio. Rasguñando pudo romper la cinta que sellaba la tapa de la caja, y así pudo abrirla para salir de ella.
Caminó en dirección desconocida. Nada le parecía familiar. Nada le parecía seguro. Pero la curiosidad le llamaba a seguir su camino sin rumbo fijo.
Caminaba agazapado, siempre alerta a cualquier peligro. Estaba asustado. No comprendía qué había pasado con su querida familia. No sabía dónde estaba su madre.
Un par de niños se detuvieron frente a él: "¡Que bonito minino!", exclamó uno, seguido por el otro "Pero si es un hermoso gatito. Madre, ¿podemos quedárnoslo?". La mujer desinteresada, siguió su camino sin responder a la absurda pregunta. Los niños se quedaron un momento acariciándolo y luego se marcharon.
Se sentó entonces bajo un vehículo, observando nuevamente a su alrededor. Maulló tímidamente, esperando una respuesta. Extrañaba su hogar, extrañaba a su madre, extrañaba a sus hermanitos. Se sentía solo.
Siguió su camino, esperando encontrar el camino que lo llevaría de vuelta a casa.
De pronto, sintió un fuerte sonido, atemorizante. Se engrifó y echó a correr lo más rápido que pudo, sin mirar atrás. Ladrando, casi rugiendo, venía un enorme perro corriendo tras él. Sin pensarlo mucho (sin siquiera haberse enterado antes de su capacidad para ello) trepó un árbol lo más alto que pudo, para quedar fuera del alcance de su feroz oponente. Sentía que su pequeño corazoncito se saldría de su pecho en cualquier momento, latía desbocado. Estaba agitado, la respiración y el palpitar de su corazón iban a mil por hora. No sentía las patas. Sus garras estaban incrustadas a la rama del árbol, y el pelaje del lomo continuaba engrifado. Así se quedó durante un largo rato. Era el mayor susto de su vida, quizás era hasta el único.
Cuando ya recobró el aliento recuperó la conciencia, notó que estaba tan alto que ya no sabía como bajar de allí. El susto que había pasado con aquella enorme bestia no le había dado tiempo suficiente para darse cuenta de lo que estaba haciendo.
Quiso bajar, pero no pudo conseguirlo. De a poco empezaba a oscurecer y seguía sobre ese árbol, ya un poco hambriento. Comenzó a maullar, a gemir, a hacer todo tipo de sonidos con tal de lograr que alguien viniese por su ayuda.
De pronto, un niño caminaba por la calle y escuchó los ligeros maullidos del pequeño gatito. Puso mejor atención hasta que notó de dónde venían aquellos sonidos: de arriba de un árbol, de un gato pequeño que no sabía cómo bajar de allí. El joven intentó subir al árbol hasta que pudo alcanzarlo y lo tomó con una de sus manos mientras con la otra se aferraba a una rama. El gato asustado, atrapó el antebrazo del niño clavando sus garritas contra la manga del polerón. "Ya estás bien, ¿qué hacías allí arriba?", dijo mientras dejaba al animal en el suelo "¿de dónde eres?, ¿quién te ha dejado aquí?". Él gato observaba al chico hablarle y agitaba la cola lentamente de un lado a otro. "Te llevaré conmigo, es peligroso que te quedes aquí", lo tomó entre sus brazos y caminó en dirección a su hogar "Quizás mi madre no te quiera allí, pero intentaré convencerla. ¡No te puede dejar en la calle!, eres muy pequeño".

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