lunes, 3 de mayo de 2010

·Ballet


Era ya más del medio día, y Antonia continuaba observando caer las finas gotas de lluvia a través del cristal. Llevaba alrededor de un par de horas allí sentada frente a la ventana del gran salón. Como ida. Como inmersa en su propio mundo.

Pensaba algo. ¡Claro!, algo debe haber hecho durante ese misterioso trance: imaginaba. Jugaba con las siluetas, movimientos. Aquellos movimientos tan inesperados, y un tanto improvisados. Aquel maravilloso conjunto, ese "todo" tan agradable a la vista. Esa combinación precisa de maniobras un poco alocadas; pero que nunca, jamás perdían esa cadencia tan característica del simple actuar de la naturaleza sobre todo eso que nos rodea (era como solía describir cada minúsculo detalle de su disparatado entorno).

No hallaba la manera de poder imitar, o si tan sólo fuese asemejar algunos de esos movimien
tos, de aquella majestuosa cadencia con que danzaban las figuras, aquellas siluetas. Esas gotas cristalinas que caían desde los cielos, y morían con gracia y lentitud en este suelo tan muerto. Ese vibrar de las hojas de los árboles meneándose al compás del viento.

Antonia no encontraba los medios para imitar aquella bella sincronía. Se paraba en la punta de sus finos pies, y brincaba con elegancia. Giraba delicadamente, suave, liviana como una pluma. estiraba sus brazos hasta la punta de los dedos. Pero no se conformaba con su "mísero" resultado.



La lluvia cesó. Antonia estaba agotada sentada sobre una gran alfombra. Miró la ventana, mas ahora no observó nada. La calma reinaba. Todo estaba plenamente sumergido dentro de esa calma que replet
aba todos los rincones luego de una día lluvioso. Se sentó nuevamente frente a la ventana, y se dedicó a observar... simplemente. Esta vez no imitaría esa esencia creada para su
pura admiración. Esta vez se dedicaría a contemplar todo aquello. Luego los pasos saldrían, luego se dejaría llevar por sus propias emociones. Luego podría transformar toda la experiencia vivida, en sentimientos para luego llevarlos a la danza, en vez de intentar asimilar aquellos movimientos.

Antonia estaba feliz con su nueva conclusión. Después de un rato, comenzó a bailar hasta crear la más bella sucesión de pasos dulcemente adornados con los más puros sentimientos nacidos de un día de lluvia.


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