lunes, 9 de julio de 2012

Sentir sus brazos fuertes a mi alrededor. Sentir su respiración y oír su voz murmurar palabras junto a mi oído. Era fascinante lo que me podía hacer sentir estar un segundo a su lado. Era fascinante lo que un momento podía significar en la totalidad del tiempo.
- Te amo, cariño - susurraba suavemente.
Sentía un escalofrío recorrer mi cuerpo, se me erizaba la piel, me daba vueltas el estómago mientras se me dibujaba una sonrisa estúpida en el rostro. Enamorada, le llamaban a esa actitud infantil de vivir el día a día. Enamorada, sí, estaba enamorada. Como lo había estado en ocasiones, pero ahora lo estaba nuevamente. Parecía ser más fuerte que precedentemente, pero era lo mismo, sólo que estaba pasando "ahora". Y eso me hace volar tan alto, que mis pies no tocan el suelo, sin los pies sobre la tierra es difícil caer en la cuenta de que el amor es tan vehemente como finito, y que cuando apuestas el corazón y te arriesgas en una jugada, puede que pierdas y te quedes sin nada. Pero estás cegada, y sólo ves lo que tu corazón quiere que veas. Te creas expectativas y esperas paciente a que se cumplan. Creas planes, sueños, te haces esperanzas inciertas. Y cuando el mundo se te viene abajo, simplemente ya no queda nada. Pero olvídate de eso, estás enamorada...
- Te amo más, amor - repito con esa vocecita de cabra chica, algo atontorronada. Le acaricio la mano, me doy la vuelta y lo miro a los ojos... "Es que acaso podrías fallarme?", pregunto, sin decir nada. Lo miro detenidamente... sus ojos brillando, su sonrisa boba, su mirada fija en mí, y me respondo "no, él no podría".

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