jueves, 28 de enero de 2010

·Alone



Era el inicio del final de sus días. Ella sabía lo mucho que le costaría olvidar aquel irreal ensueño en el que había fantaseado hace momentos atrás. Ya no quedaba absolutamente nada del amor que las había unido durante aproximados siete meses. Ni las cenizas de aquel inapropiado delirio, ni el sinfín de destruidos trozos de una cruda ilusión rota.
Era todavía una niña, todavía no controlaba sus emociones. Aún las simples palabras eran capaces de herirla significativamente. Aún no se encontraba preparada para enfrentar tan luctuosa despedida. Sus ojos se desbordaban de lágrimas mientras ella, destrozada, luchaba contra ellas con las escazas fuerzas que le restaban.
Sus manos fuertemente empuñadas. La mirada perdida. Parada en medio de la calle, sin percatarse de las despreocupadas miradas de la gente, sin percatarse de nada, sin siquiera percatarse de la realidad.
El pecho intensamente oprimido. La respiración asfixiada. El frío aliento escapaba de su boca entrecerrada.

“Esto debe acabar, cariño. Ya no da para más” – habían sido las palabras escogidas cautelosamente por Zoe para consumar su falso amor – “No soy completamente feliz a tu lado. Ya lo hemos dado todo y aún así no me siento conforme con los resultados. Perdóname, cariño. Pero esto tiene que terminar. Adiós, que seas feliz en tu vida.”

Luego de pronunciar estas palabras, Zoe dio la vuelta y se alejó sin más palabras, sin escuchar alguna respuesta de su “amada”, sin siquiera voltear una vez más, sin siquiera ver la desmoronada expresión en el rostro de Alice.
Con esas últimas palabras, Alice sintió como el mundo se derrumbaba a sus pies. Con esas últimas palabras, Alice pudo ver como se alejaba la razón de vida que tuvo durante siete eternos meses. Pudo percibir como se alejaba el motivo de sus sonrisas, como se marchaba la dueña de sus alegrías.
Unas palabras tímidas danzaban sigilosas entre sus húmedos labios. Unas palabras que ahora parecían tan vacías. Una horrorosa frase que provocaba dolor donde anteriormente provocó profunda alegría. Y en un susurro, Alice quiso desprenderse de todo el sufrimiento que oprimía su pecho, estremecía su garganta y atravesaba escalofriante su espina dorsal: “Pero yo aún te amo" - dijo Alice, sin ser oída en el silencioso bullicio de las urbanizadas calles. Sin ser oída ni siquiera por el viento, ni siquiera por una pequeña brisa. Sin provocar reacción alguna en nadie, pues ahora estaba sola; era lo que más sabía…

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