
Era una más de las cuantas peleas que debía soportar día a día. Era uno más del sinfín de motivos que hallaba para querer largarse y no volver más. Era uno más de los problemas que debía soportar a su corta edad, además de su trabajo, los estudios, el dinero en el hogar, y el cuidado de sus hermanos pequeños.
Ya no aguantaba más. Se sentía colapsada, quería huir, pero se lo impedía el inmenso amor que sentía por sus pequeños hermanos. No encontraba salida a su tormento, tampoco quería demostrar su desesperación.
Encerrada en su pieza, se esforzaba por evitar derramar siquiera una sola lágrima. Encerrada en su habitación, intentaba restarle importancia a la cruda realidad que la rodeaba. Intentaba desviar sus pensamientos lejos, muy lejos del infierno en el cual vivía. Pero todo esfuerzo se volvía nada, todo esfuerzo le hacía notar que no valía la pena rehusar de sus problemas, que debía enfrentarlos y dejar de acobardarse frente a la vida. Pero se creía débil, sabía que aún no tenía fuerzas y que le sería difícil logar reunir las suficientes.
De pronto, guió su mustia mirada hacía un objeto sobre una pequeña mesa junto a la pared. Se encontraba este objeto sobre la mesita, junto a desparramados lápices y un dibujo a medio terminar. Un sacapuntas.
Tomó el objeto y lo rompió, pudiendo sacar el filo de éste. Lo miro con cierto rechazo, pero la decisión estaba tomada.
No era más que sólo causarse dolor, o al menos hasta ahora lo veía así. No era una salida fácil, era simplemente un intento alocado, una osadía algo estúpida y sin sentido.
Tomó firmemente el objeto punzante y comenzó a pasar el filo tímidamente por su brazo izquierdo. Ni siquiera era un rasguño. Le ganó la curiosidad, la ansiedad; y concluyó con incrementar la fuerza con la cual empujaba el filoso objeto contra su brazo desnudo. El objeto tajante empezó a adentrarse en la suave piel de la muchacha, dejando escaparse algunas cobardes gotitas de sangre.
Sintió la tibieza del rojo líquido derramarse sobre su brazo. También sintió una misteriosa sensación de placer. Sintió la satisfacción que le producía ver su propia sangre fluir sutilmente por su gélida piel. Quiso aumentar la profundidad de los hasta ahora pequeños cortes. Se encontraba completamente sumida en la ansiedad, enviciada con experimentar aquella nueva sensación que provocaba esa grata excitación en lo más profundo de su ser.
Inmersa en el frenesí, abstraída por el éxtasis del intenso dolor, siguió profundizando los anhelados cortes. La sangre aumentaba y chorreaba sobre el piso, manchando a su paso la ropa de la joven, manchando también la cama de sus hermanos.
Estaba tan sumergida en ese mar de suplicio, que no notó cuando su organismo comenzó a desfallecer. Perdía las fuerzas y al mismo tiempo el conocimiento. No tenía noción del tiempo, ni conciencia de lo que ocurría a su alrededor, ni idea alguna de las razones que la habían motivado a cometer tal horrorosa imprudencia.
Ya no había vuelta atrás. Calló bruscamente contra el charco de sangre sobre el piso. Estaba débil. Sentía que la vida se desvanecía frente a sus ojos, y no lo quería dejar pasar. Volvía la conciencia a ella, y junto a ésta, volvía el discernimiento del error que acaba de cometer. La habitación se inundó en una oscuridad torturante. La muchacha comprendió que todo había acabado...
En fin, era libre, su alma tranquila y por única vez en su "vida" pudo ser feliz...
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