domingo, 31 de enero de 2010

·Death


Estaba completamente desolada. La aflicción calaba sus huesos, y el dolor atravesaba escalofriante su espina dorsal. Ya no quería más vida, a pesar de notar la cobardía que demostraba aquel estúpido pensamiento. Se sentía una mierda, realmente una mierda. No podía creer cómo había soportado tanto tiempo sabiendo que su estado jamás mejoraría, no sabía cómo había sido capaz de hacerse creer que tenía si quiera alguna oportunidad para revertir los errores. Pero ya era tarde, ya todo estaba consumado. No había vuelta atrás ni suficientes fuerzas para cometer tan cruda atrocidad a la cual derivaban cada uno de sus pensamientos. Era cobarde, suficientemente cobarde como para ni siquiera atreverse a cometer una simple cobardía.
Buscaba maneras de desquitarse. Buscaba maneras de olvidar, pero el olvido era una más de sus salidas fáciles. Intentó provocarse cortes, poco profundos pero dolorosos; aún así no logró su anhelado objetivo: ocultar aquel sufrimiento, con el dolor físico y torturante causado por sí misma. Intentó provocar quemaduras en su piel, sin ningún resultado que la convenciese totalmente.
A veces se preguntaba dónde estaría la felicidad. Por qué no le tocaba ser feliz a ella. A veces simplemente se dejaba llevar por la música e intentaba alejarse de eso llamado “realidad”, intentaba distraerse dibujando abstractos, intentaba manifestar sus inquietudes exponiendo absurdos escritos.
Era tan patética. No la conocían, ni se conocía a sí misma. No la querían, ni ella misma quería quererse. Siempre intentando dar en el gusto a la gente, pero jamás pudo lograrlo. Era demasiado cobarde!, le acobardaba esforzarse en lo más mínimo. Era perezosa. Era negligente, descuidada; de esas que todo lo dejan para última hora. Pero quería agradar a la gente. Quería ser “alguien” para esa gente a la que amaba y respetaba. Pero nunca fue nada; siempre fue la segunda, la tercera, cuarta y a veces hasta la última.
Esta vez quería ser más… Esta vez quería al menos quedar en cada uno de sus recuerdos. Quedar presente de alguna manera… Quería que todos fuesen testigos de su propia muerte…
Subió a un puente y miró hacia abajo. Los nervios la consumían. La cobardía la paralizaba. Los autos pasaban y comenzaba a arrepentirse.
-“No, no puedo” – dijo, mientras daba la vuelta y se marchaba.
De pronto un auto sin control (a exceso de velocidad) frena en seco causando gran estrépito. Se desvía por casualidad, dirigiéndose directamente hacia la chica. La golpea fuertemente y la lanza por los aires, cayendo justamente bajo el puente.
Era el fin de sus días. El fin de todo. Por fin todos la recordarían… como la persona a la quien ganó la cobardía…

viernes, 29 de enero de 2010

·Josué


Escuchaba música, sin tomar atención a nada. Iba camino a casa, pero sabía perfectamente el momento en que debía bajarse de la micro; eso no le preocupaba. Sujey acostumbraba a escuchar música durante estos largos trayectos. Nunca había nada nuevo, nunca ocurría algo suficientemente interesante como para distraer su atención de las alocadas melodías que se internaban en sus oídos y perturbaban su mente tan vulnerable. Siempre las mismas caras distraídas y talvez un poco estresadas de la gente. Siempre el mismo recorrido. Siempre las mismas discusiones con el conductor de la micro. Siempre era exactamente lo mismo.
Pero este día hubo algo diferente...
Sujey esperó la micro como ocurría habitualmente, subió y avanzó hacia los asientos de la última fila, ahí se sentó y luego acomodó los audífonos dentro de sus orejas. Observó su alrededor antes de abstraerse de esa, según ella innecesaria realidad. Pero esta vez algo (para especificar, "alguien") llamó su atención. Era un joven de cabellos rizados color marrón, ojos miel almendrados y unas cuantas pecas en su rostro. Vestía un tanto destartalado, con ropajes un poco holgados y algo percudidos. Se subió caminando seguro y despreocupado, avanzó hasta un lugar cercano a la puerta y se sentó en el suelo. Sacó un libro de su bolso y comenzó a leer.
Pronto, la micro se llenó. Era escasa la perspectiva que le quedaba del muchacho. Podía apreciar su infantil rostro observar con concentración las hojas deterioradas del libro entre sus palidecidas manos. La niña suspiró y cerró los ojos un momento. Estaba observando detenidamente a un completo desconocido, estaba sintiendo una inmensa atracción por la belleza de éste y su singular apariencia y comportamiento. Era un desconocido, y sentía una especia de profundo cariño por él; una especie de complicidad que no había sentido jamás en la vida.
Abrió los ojos, confundida con la nueva sensación que acababa de experimentar, y sintió una intensa mirada clavada en su rostro. El joven la miraba. Ella lo miró. El muchacho sonrió y cerró el libro con absoluta delicadeza. Sujey se sonrojó y desvió la mirada.
Faltaba poco para llegar a su hogar. Sujey se puso de pie y avanzó hacia la puerta, tocó el timbre. El muchacho se paró y se dirigió hacia otra de las puertas, sin apartar la mirada de Sujey. Se bajaron juntos de la micro, y el muchacho comenzó a acercarse a grandes pasos a la niña.

- “¿Nos conocemos, mujer?” – preguntó el joven al momento que se atravesaba juguetonamente en el camino de Sujey.
- “No, no…” - respondió la muchacha, mientras volvía a sonrojarse e intentaba escapar del aparentemente atroz interrogatorio.
- “¿No? Me observabas, te vi” – dijo el joven con una sonrisa traviesa en el rostro – “Está bien, está bien. Soy Josué. Un gusto, señorita…”

El joven estiró sus manos y tomó la de Sujey entre ellas. Sujey quedó petrificada, desconcertada. Por fin ocurría algo interesante en su vida tan ordinaria. Por fin la música se vería en segundo plano. Estaba comenzando a sentir aquella intensa atracción con cada vez más fuerzas…

- “Josué… ¿Josué?” – fueron las últimas palabras pronunciadas por Sujey aquella noche, antes de dormir…

·Dark


Oscuridad. Intensa oscuridad la rodeaba, y ella, sin poder hacer nada. Una extraña sensación de angustia se apoderaba de Paula, una desesperación torturante, un pánico agónico y tormentoso llenaba cada rincón de si misma.
Paula, taciturna y desconcertada, recorría a tientas el lugar.
De pronto, comenzó a sentir voces, muchas a la vez, juntas, al unísono. Paula intentó reconocerlas, y comenzó a hacer señas mientras aclamaba por ayuda. Nadie la oyó, y pronto las voces comenzaron a desvanecerse en el eco de la silenciosa oscuridad [?]. Paula gritó con más fuerzas, la desesperación desbordaba de sus ojos y las lágrimas caían lentamente por sus suaves mejillas.
No comprendía nada. ¿De dónde habría salido tal oscuridad?, ¿por qué se hallaba tan sola allí?, ¿de quiénes eran aquellas voces y por qué no la habían oído, a pesar de gritar con todas sus fuerzas? Las dudas daban vueltas por su cabeza sin hallar ninguna respuesta que las resolviese. Paula se encontraba confundida, y las respuestas que esperaba, no llegaban a tiempo. Comenzó a correr, sin tomar en cuenta la idea de que no sabía dónde estaba, y que podría tropezar y caer; e incluso algo mucho más peligroso. Simplemente corrió, abatida por la incertidumbre.

Sintió una voz susurrar despacio en su oído "Paula,¿estás bien?... Paula?". Era una voz suave que le pareció muy familiar. Paula se detuvo en seguida y sintió que unas gélidas manos la tomaban por los hombros para luego sacudirla sutilmente.

Paula reconoció la gracia con que aquellas manos la sujetaban con suavidad, y la ternura con que aquella gentil voz inquiría con preocupación y serenidad.

- "¡Amanda!" - dijo Paula...

De pronto, la oscuridad desapareció. Unos tímidos rayos de sol atravesaban los cristales de la ventaba, para posarse sutilmente en las mejillas de Paula.

- "Paula, amor mío, ¿te encuentras bien?... No fue más que una pesadilla, amor... no más que una pesadilla" - susurraba Amanda mientras rodeaba a Paula con sus frías y delicadas manos - "Aquí estoy... Aquí estoy..."

Los latidos de Paula estaban desbocados, ya casi no le quedaba aliento. Sus ojos estaban empapados en lágrimas, pero las suaves manos de su amada secaban sus mejillas, mientras Paula se tranquilizaba en la protección de un acogedor abrazo.

- "¿Ya estás mejor, amor?... Ya todo pasó... Ya estoy aquí, amor mío. Estoy aquí, junto a ti...."

jueves, 28 de enero de 2010

·Piano


Unos sutiles acordes se acercaban danzando armoniosos a sus oídos, mientras una confusa ilusión comenzaba a desvanecerse de sus alocados sueños. El vibrante sonido placentero, ocasionado por una tímida pieza de mármol blanca, terminó por concluir su fascinante fantasía.
Lentamente abrió los ojos y unos tenues rayos de sol se posaron apacibles sobre sus párpados entrecerrados. Sus mejillas rosa pálidas hacían contacto con la tibieza que emanaba la iluminada habitación. Sus cabellos rojizos brillaban tal cual lenguas de fuego, y los intensos rayos se perdían en los ardientes rizos de su melena.
La suave melodía sonaba acorde con la respiración de la joven. Unos delgados dedos se depositaban delicadamente sobre cada tecla de mármol. Parecía haberse forjado una estrecha relación piano-mujer, pues la chica mostraba una gran complicidad con el magnífico instrumento. Los afilados dedos brincaban elegantemente sobre la larga hilera de finas piezas blanquecinas, las cuales emitían un espeluznante chillido agradable a los sentidos.
La joven mujer quedó perpleja contemplando a la figura femenina interpretar la deleitosa pieza. La mujer tanteaba tiernamente cada lechosa tecla. Su rostro expresaba el intenso placer que le provocaba el murmullo de la exquisita canción. La joven boquiabierta, seguía observando. Entrecerró los ojos para volcar toda la atención hacia sus oídos y así percibir la excitación que le provocaba tal grata melodía.
Bastó un simple suspiro de la joven mujer, para romper la armonía de la habitación, para quebrar tal profunda calma e interrumpir el concierto con el estremecedor silencio.

-"Buenos días, amada mía" - dijo la mujer que representaba unos experimentados veinte y tantos años, con una aparente apacibilidad.

La joven de cabellos rojizos aleonados y unos espléndidos ojos color miel, observó desconcertada como aquella fantasiosa ilusión se derrumbaba frente a ella. Se puso de pie y contempló el enorme piano, comenzó a girar mientras observaba confusa cada detalle de la espaciosa habitación.
La cama con suaves sábanas de seda blanca. Un armario de madera vieja barnizada, pintado de color beige. Un enorme ventanal con sedosas cortinas blancas, dejaba entrar los primeros rayos de sol matutinos. El piso de madera, una alfombra color crema sobre él. Pequeños cuadros y adornos sobre atractivos muebles de madera fina. Y en medio de la extensa habitación, el enorme y elegantísimo piano. Volvió a contemplar el enorme piano negro de relucientes teclas de mármol; frente a él, un cómodo asiento acolchado forrado con una fina tela beige. La mujer sentada sobre éste.

-"¿Dónde estoy?" - preguntó desconcertada la joven de melena rojiza.

-"Estás conmigo, cariño. No necesitamos nada más, verdad?" - contestó la mujer.

-"Tócala una vez más, amor. No me dejes despertar" - respondió maravillada la joven - "Ven y sueña conmigo. Fantaseemos con la realidad..."

·Alone



Era el inicio del final de sus días. Ella sabía lo mucho que le costaría olvidar aquel irreal ensueño en el que había fantaseado hace momentos atrás. Ya no quedaba absolutamente nada del amor que las había unido durante aproximados siete meses. Ni las cenizas de aquel inapropiado delirio, ni el sinfín de destruidos trozos de una cruda ilusión rota.
Era todavía una niña, todavía no controlaba sus emociones. Aún las simples palabras eran capaces de herirla significativamente. Aún no se encontraba preparada para enfrentar tan luctuosa despedida. Sus ojos se desbordaban de lágrimas mientras ella, destrozada, luchaba contra ellas con las escazas fuerzas que le restaban.
Sus manos fuertemente empuñadas. La mirada perdida. Parada en medio de la calle, sin percatarse de las despreocupadas miradas de la gente, sin percatarse de nada, sin siquiera percatarse de la realidad.
El pecho intensamente oprimido. La respiración asfixiada. El frío aliento escapaba de su boca entrecerrada.

“Esto debe acabar, cariño. Ya no da para más” – habían sido las palabras escogidas cautelosamente por Zoe para consumar su falso amor – “No soy completamente feliz a tu lado. Ya lo hemos dado todo y aún así no me siento conforme con los resultados. Perdóname, cariño. Pero esto tiene que terminar. Adiós, que seas feliz en tu vida.”

Luego de pronunciar estas palabras, Zoe dio la vuelta y se alejó sin más palabras, sin escuchar alguna respuesta de su “amada”, sin siquiera voltear una vez más, sin siquiera ver la desmoronada expresión en el rostro de Alice.
Con esas últimas palabras, Alice sintió como el mundo se derrumbaba a sus pies. Con esas últimas palabras, Alice pudo ver como se alejaba la razón de vida que tuvo durante siete eternos meses. Pudo percibir como se alejaba el motivo de sus sonrisas, como se marchaba la dueña de sus alegrías.
Unas palabras tímidas danzaban sigilosas entre sus húmedos labios. Unas palabras que ahora parecían tan vacías. Una horrorosa frase que provocaba dolor donde anteriormente provocó profunda alegría. Y en un susurro, Alice quiso desprenderse de todo el sufrimiento que oprimía su pecho, estremecía su garganta y atravesaba escalofriante su espina dorsal: “Pero yo aún te amo" - dijo Alice, sin ser oída en el silencioso bullicio de las urbanizadas calles. Sin ser oída ni siquiera por el viento, ni siquiera por una pequeña brisa. Sin provocar reacción alguna en nadie, pues ahora estaba sola; era lo que más sabía…

·Damned


Era una más de las cuantas peleas que debía soportar día a día. Era uno más del sinfín de motivos que hallaba para querer largarse y no volver más. Era uno más de los problemas que debía soportar a su corta edad, además de su trabajo, los estudios, el dinero en el hogar, y el cuidado de sus hermanos pequeños.
Ya no aguantaba más. Se sentía colapsada, quería huir, pero se lo impedía el inmenso amor que sentía por sus pequeños hermanos. No encontraba salida a su tormento, tampoco quería demostrar su desesperación.
Encerrada en su pieza, se esforzaba por evitar derramar siquiera una sola lágrima. Encerrada en su habitación, intentaba restarle importancia a la cruda realidad que la rodeaba. Intentaba desviar sus pensamientos lejos, muy lejos del infierno en el cual vivía. Pero todo esfuerzo se volvía nada, todo esfuerzo le hacía notar que no valía la pena rehusar de sus problemas, que debía enfrentarlos y dejar de acobardarse frente a la vida. Pero se creía débil, sabía que aún no tenía fuerzas y que le sería difícil logar reunir las suficientes.
De pronto, guió su mustia mirada hacía un objeto sobre una pequeña mesa junto a la pared. Se encontraba este objeto sobre la mesita, junto a desparramados lápices y un dibujo a medio terminar. Un sacapuntas.
Tomó el objeto y lo rompió, pudiendo sacar el filo de éste. Lo miro con cierto rechazo, pero la decisión estaba tomada.
No era más que sólo causarse dolor, o al menos hasta ahora lo veía así. No era una salida fácil, era simplemente un intento alocado, una osadía algo estúpida y sin sentido.
Tomó firmemente el objeto punzante y comenzó a pasar el filo tímidamente por su brazo izquierdo. Ni siquiera era un rasguño. Le ganó la curiosidad, la ansiedad; y concluyó con incrementar la fuerza con la cual empujaba el filoso objeto contra su brazo desnudo. El objeto tajante empezó a adentrarse en la suave piel de la muchacha, dejando escaparse algunas cobardes gotitas de sangre.
Sintió la tibieza del rojo líquido derramarse sobre su brazo. También sintió una misteriosa sensación de placer. Sintió la satisfacción que le producía ver su propia sangre fluir sutilmente por su gélida piel. Quiso aumentar la profundidad de los hasta ahora pequeños cortes. Se encontraba completamente sumida en la ansiedad, enviciada con experimentar aquella nueva sensación que provocaba esa grata excitación en lo más profundo de su ser.
Inmersa en el frenesí, abstraída por el éxtasis del intenso dolor, siguió profundizando los anhelados cortes. La sangre aumentaba y chorreaba sobre el piso, manchando a su paso la ropa de la joven, manchando también la cama de sus hermanos.
Estaba tan sumergida en ese mar de suplicio, que no notó cuando su organismo comenzó a desfallecer. Perdía las fuerzas y al mismo tiempo el conocimiento. No tenía noción del tiempo, ni conciencia de lo que ocurría a su alrededor, ni idea alguna de las razones que la habían motivado a cometer tal horrorosa imprudencia.
Ya no había vuelta atrás. Calló bruscamente contra el charco de sangre sobre el piso. Estaba débil. Sentía que la vida se desvanecía frente a sus ojos, y no lo quería dejar pasar. Volvía la conciencia a ella, y junto a ésta, volvía el discernimiento del error que acaba de cometer. La habitación se inundó en una oscuridad torturante. La muchacha comprendió que todo había acabado...
En fin, era libre, su alma tranquila y por única vez en su "vida" pudo ser feliz...