jueves, 1 de abril de 2010

·Making Love


Se entrelazaban de tal manera que conformaban un sólo cuerpo.

Escudriñaban dentro de sus cándidas miradas aquel brillo sutil, mientras se contorcionaban buscando la cadencia de la suave melodía que conformaban sus agitadas respiraciones en la fría habitación.

Era una especie de juego, entre esa traviesa maraña de tímidas carcajadas.

La simple confianza, respeto, incluso esa extraña complicidad.

Les agradaba el hecho de explorar sensaciones, dentro de sensaciones que los exploraban a ellos mismos por completo.

No eran necesarias las palabras, no necesitaban nada más que sentirse mutuamente. Sólo necesitaban dejarse llevar por una serie de efectos y reacciones un tanto contradictorias, ambiguas; pero en fin, agradables.

Se divertían en la soledad de sus simples compañías. Se entretenían entre caricias y pulsaciones desbocadas. Se divertían entre cada bocanada de aire, antes de contener el aliento nuevamente.


sábado, 27 de marzo de 2010

· Rain Rain Rain

Gotas de color.



Miré hacia el cielo. Parecían no venir de lugar alguno. Parecían nacer de la nada... de la nada misma. Unas finas gotas de lluvia caían sobre mi rostro, para luego acariciar mis pómulos con su gélida suavidad de invierno mezquino.
El cielo no parecía llorar, como había oído un par de veces salir de bocas ajenas. Más bien, la misma gente parecía estar más melancólica y nostálgica de lo habitual. Caminaban con desánimo, un poco atontadas, tal cual fuesen un puñado de zombies alineados de tal manera que no pudiesen alzar la vista para observar a quien tenían en frente.
Por otro lado, yo parecía seguir con la misma tristeza revoloteando entre mis curiosos pensamientos.

Una tímida lágrima vacilaba danzante entre mis pestañas. Lágrima que no iba a dejar derramarse por mis mejillas humedecidas por la lluvia. Aún, si con las gotas de lluvia, una única lágrima pasara completamente desapercibido; no la iba dejar ganar esta vez. Estaba totalmente convencida de que mi fortaleza dependía de las veces en que pretendía ocultar mis reales sentimientos, y como si esto tuviera algún sentido, concluía logrando mi anhelado plan.


Era estúpido. Vagar por las calles sin dirección ni sentido coherente. Buscaba nada. Quería nada. Me importaba nada. No sabía absolutamente nada. Pero había un extraño... no, no era deseo... pero algo era. Algo que me hacía mover un pie, para luego hacer lo mismo con el otro. Y así caminar por infinitas cuadras, sin entender nada, desconcertada.



Cuando llueve, creo que hay cosas difíciles de comprender.
Cuando llueve... Inexplicablemente, debe causar algún efecto en la personalidad de la gente.
Cuando llueve, deseo saltar por las pozas de agua. Cuando llueve desearía inundarme con esas hermosas gotas de colores. Zambullirme dentro de ríos de arcoíris. Abrazarte y no soltarte más.

Cuando llueve. Es la melancolía la que me hace caminar y buscar lo que aún no sabía. Lo que aún no entendía. Te busco a ti. Busco tu abrazo que me llena de colores maravillosos. Busco jugar contigo, terminar empapados. Busco ser feliz contigo una vez más.

martes, 16 de marzo de 2010

· Waiting

Medía apenas unos cuantos centímetros cuando comenzó a descubrir el mundo que lo rodeaba. No era muy complejo su entorno; más bien era un poco confuso, ambiguo, pero a pesar de todo, mantenía esa cierta monotonía dentro de su irregular variación. Eran tonalidades que iban desde el rojo intenso, hasta un color un tanto amarillento; pasando por el anaranjado, rosa, y a ratos, la plena oscuridad. Se sentía bien allí, le agradaba su hogar, o al menos eso acostumbraba a manifestar a su extraña manera. Le gustaba nadar y dar vueltas en su placentera piscina, aunque el limitado espacio tendía a evitar que desarrollara este tipo de prácticas; por lo que se conformaba con quedarse tranquilo mientras intentaba distinguir los extraños sonidos que atravesaban las paredes de su acogedor hogar. Era una voz dulce, una voz que lo conectaba indirectamente a un lugar que no conocía, pero a la vez, le parecía tan familiar. Era una realidad desconocida, una realidad que hasta ahora entendía como irreal, como abstracta, o simplemente no la entendía ni le llamaba la atención saber la existencia de ese 'algo más'.
Mientras se hacían dinámicos juegos de luces en las vacilantes paredes multicolor, él metía su dedo pulgar en su diminuta boquita moviendo sutilmente sus extremidades inferiores; causando pequeños golpecitos contra el espectáculo presentado a su alrededor.



Ella sintió unos pequeños golpecitos, y respondió a ellos con sutiles palmaditas sobre su panza. Le entretenía realizar esta especie de "jueguitos" con la criatura que llevaba dentro su vientre.
Era una imagen conmovedora; observar a la muchacha con sus enormes ojazos brillantes mientras forjaba una fuerte conexión con el pequeño, por medio de esa comunicación tan única entre ambos. Cada mínimo sentimiento o emoción era transmitido instantáneamente a la criatura, y cada deseo de él, era también un deseo irrefrenable de su joven madre.
A pesar de aquellas molestas náuseas, vómitos e impulsivos antojos; para ella, nada haría que todo esto dejase de ser una grata experiencia. Incluso era capaz de afirmar que había sido la mejor de toda su vida.
Era una experiencia nueva, tanto para él como para ella. Había sido una noticia poco esperada para él, pero aún así bien recibida. A pesar de considerarse lo suficientemente maduros y responsables, habían notado que ciertamente los impulsos y "las hormonas" traían esa clase de consecuencias difíciles de predecir, e imposibles de corregir.
Se paraba frente a ella, cariñosamente, y acariciaba su vientre con ternura. Observaba la enorme panza de la muchacha y la examinaba detenidamente con cierta expresión de rechazo. Se agachaba un tanto para apoyar el costado de su cabeza contra el vientre de su amada e intentaba recibir algún tipo de señal que proviniese desde el interior de aquella abultada cápsula.













continuará...

domingo, 7 de marzo de 2010

· Today

Caminaba descalza sobre la arena húmeda. Miraba el oleaje hacer ese vaivén característico, mientras se acercaba cautelosa sin apartar la mirada. Se sentía libre. De esa libertad tan especialmente esperada, que cuando al fin la tienes, no sabes aprovecharla hasta su más mínima expresión. Quería correr, saltar, nadar, gritar. Sin embargo, la enorme ansiedad que sentía, evitaba de forma terminante el desarrollo de alguna actividad, desde su principio hasta su respectivo final, sin desear al mismo tiempo la realización de otra. Lo cual no le permitía que disfrutara realmente del momento. De hecho se sentía algo vacía y frustrada, sin poder cumplir con sus anheladas expectativas.
La brisa acariciaba sutilmente su suave piel. Su rostro, sus brazos. Su torso y sus piernas. Ella, con los ojos cerrados, concluyó con dejarse llevar por las sensaciones que le pudiese provocar.
El agua fría se escabullía traviesa jugueteando entre sus piernas. La arena entre sus dedos. El viento se enredaba entre sus finos cabellos.

Aquel día, el sol siquiera alumbraba. Era una luz tenue. Enormes nubes cubrían aquel cielo que, en algún momento, había sido el hermoso cielo azulado. Justo hoy, el sol no iluminó con sus cálidos rayos. Justo hoy, el viento soplaba incitando la braveza de enormes olas oscuras. Justo el día de hoy, parecía la naturaleza no querer su plena felicidad.

Mientras, ella continuaba disfrutando de su efímera libertad.

Por hoy, todo desaparecía. Todo quedaba en el olvido. Por hoy, todo pasaría a segundo plano; más bien, todo pasaría a un tercer e incluso cuarto plano. Por hoy, se dedicaría a vivir el momento... sólo el momento.

· Sindy

Llevaba semanas experimentando una nueva sensación que llenaba de una extraña sensación de magia mis monótonos días laborales. Desde aquel día de lluvia había descubierto en el metro a una muchacha de tez clara, oscuros ojos tristes, y un cabello dorado y ondulado que cubría elegantemente parte de sus hombros. Vestía pantalones negros un poco ajustados, no llevaba maquillaje, usaba poleras anchas que no resaltaban su fina contextura.
No sabía nada de ella, ni siquiera su nombre. Aún así me las había arreglado para descubrir la estación en que se bajaba.
Cada día que la veía camino a mi trabajo, iba aumentando una especie de obsesión por esa extraña mujer. La llamaba "Sindy" en mis pensamientos, pues mi escaza imaginación no había encontrado un apodo que se acomodara mejor al misterio que expresaba la tristeza en su mirada. Pues claro, "Sindy" tampoco era algo que encajara en absoluto con algún tipo de expresión de mis sentimientos por ella. Aún así, Sindy me agradaba... era perfecto para llamar a una persona de la cual no sabes nada.
Observaba a la muchacha día a día, sin que ella se percatara de mi insistente mirada (o al menos, así lo creía yo). Sindy subía al tren y se afirmaba de un fierro del cual no se desprendía durante todo el camino. Yo me acomodaba en un asiendo tras ella y la observaba por el reflejo de las ventanas.
Un día comencé a notar que mi atracción por ella había aumentado tanto hasta el punto de imaginar situaciones un tanto morbosas junto a la mujer. Cada vez que la veía, no podía contener mis ansias por abalanzarme sobre ella, besarla, y llevarla a mi apartamento. Pero ella se veía tan calmada, tan inexpresiva, retraída... que me hacía reforzar la capacidad de contener mis ganas insaciables por ella. Esto era también una especie de obsesión por comprenderla, por consolarla, por saber que la apenaba, por descubrir el misterio de su hermosa y a la vez triste mirada que me enamoraba cada día más. Quería poder ayudarla, quería ser su punto de apoyo, quería ver una sonrisa de mi hermosa Sindy.


Llegó entonces un día en que la vi algo cambiada, distinta... algo le había ocurrido. Llevaba sus labios pintados color rojo como el rubí. Sus oscura mirada se veía indecisa. Su hermoso cabello brillaba como el oro sobre sus hombros desnudos, no notaba ningún cambio aparente. Llevaba un vestido gris de tirantes que le llegaba a la rodilla, y unos zapatos de tacón. Se veía hermosísima.
Ya no lucía como antes. Esta vez su atrevida apariencia llamaba más mi atención y producía una especie de alteración de mis hormonas que enloquecían al ver su deslumbrante figura atravesar el vagón para posarse en su lugar de costumbre.
Esta vez pude notar en el reflejo, que la dirección en su mirada iba dirigida hacia mí. Muy nervioso aparté la mirada de ella, sintiéndome avergonzado, sintiéndome como descubierto en una especie de crimen imperdonable. La muchacha bajó la mirada e hizo una mueca que intentaba ocultar una tímida sonrisa. Se dio la vuelta y se acercó hacía mí. "Te bajas aquí?", dijo Sindy con una mirada cautivante. No respondí nada, y a los segundos me vi bajando del tren con la mujer de mirada misteriosa a mi lado...

viernes, 5 de marzo de 2010

·Girl

Se columpiaba suavemente mientras una leve brisa se enredaba entre su cabello rizado color caramelo. Era un columpio de madera, sujetado firmemente a la rama de un árbol con una cuerda de fibras cuidadosamente trenzadas. Llevaba un pomposo sombrero blanco, adornado al puro estilo del rococó. Del sombrero colgaban unas presuntuosas cintas rosa pálidas; que sin la cándida esencia de la niña, perderían toda gracia y elegancia. Traía puesto un vestido que hacía un perfecto juego con su sombrero. Un vestido blanco, con finos detalles que molestaban un poco a la vista, pero con la simplicidad del paisaje, conformaban una excelente armonía.
El balanceo producía un sutil crujido. Siempre la misma intensidad. No variaba la velocidad, ni el sonido, ni la respiración calmada de la muchachita. No cambiaba nada. Todo era tan monótono. Nada interesante, salvo el simple hecho de observar la majestuosidad de la niña.
Me producía una suerte de melancolía. Tan sola, tan tranquila. Tarareaba una cancioncita con su dulce voz, mientras observaba el vacío con gran expectación.
Su piel pálida, sus ojos color miel. Un suave rubor coloreaba sus mejillas. Sus pies descalzos se balanceaban sutilmente. Se aferraba con delicadeza a las cuerdas que sujetaban el columpio.
No ocurría nada. Esperaba que ocurriera algo, impaciente. Pero ya era suficiente con sólo eso. Si ocurriera algo, ya no sería lo mismo. Si ocurriera algo, ya no sería "la niña del columpio". Si ocurriera algo, no querría estar ahí. No quisiera estar presente en tal ruptura de la perfecta armonía...

martes, 16 de febrero de 2010

·Eat


Ya estaba aburrida de oir siempre las mismas palabras hirientes. Estaba harta de soportar todo ese sufrimiento en silencio. "Estás gorda!", me acostumbraba a decir la gente. "Déjate de comer, vas a seguir engordando!", oía cada vez que disponía a dejarme llevar por lo sabroso que se veía algún comestible.
Es que nadie se daba cuenta de cómo me sentía realmente. Nadie oía mis llantos, nadie secaba mis lágrimas. Nadie se percataba que por dentro mi alma pedía ayuda a gritos. Nadie sabía la impotencia que sentía, ni la fuerte tendencia que tenía a guardar toda esa rabia, todas esas penas, toda la angustia, todo el dolor. Hasta que un día no pude más... hasta que un día tuve que colapsar.
Ese día almorzamos un poco tarde. Mi madre sirvió mi plato abundante, como acostumbraba a hacerlo. Comencé a comer apresuradamente, todo estaba muy rico, lo que provocaba que mi "hambre" aumentara con cada porción que llevaba a mi boca. "Come lento! Digiere bien los alimentos, niña! Mastica!", dijo mi madre, mirándome desde el otro lado de la mesa. Era cierto, casi no alcanzaba a masticar la comida cuando ya me llevaba otra cucharada a la boca. "Después te quejas que una te dice que estás gorda", repetía mi madre. No aguanté más, cada palabra me hería en lo más profundo de mi ser. Me puse de pie sin haber terminado mi comida y me dirigí hacia mi habitación. Las lágrimas se derramaban lentamente por mis mejillas. La ira se extendía hasta cada diminuto rincón de mi cuerpo.
Esa tendencia de guardar cada uno de mis sentimientos y mis problemas, era la mayor razón que desencadenaba una fuerte ansiedad en mí. Misma ansiedad que satisfacía consumiendo todo tipo de comestibles, intentando conseguir saciar mi hambre incontrolable. Problema que traía consigo una enormidad de problemas más.
Luego de un largo rato llorando en mi habitación (sin que nadie fuese a preguntar qué me ocurría), salí cautelosamente. Entré al baño y cerré la puerta sin hacer ruido. Me paré frente al espejo y observé detenidamente, "de verdad estoy gorda", pensé apenada, luego de ver mi horrible reflejo en el cristal. "Estoy obesa. No puedo seguir así. Estoy fea. Tengo que adelgazar, voy a adelgazar", repetía incansablemente dentro de mi mente.
Al mismo tiempo que tramaba un sinfín de ideas para llevar a cabo mi riguroso plan para adelgazar, me daba cuenta de que no sería capaz de dejar la comida. Adelgazaría, pero debía haber alguna alternativa que rescatara la posibilidad de seguir comiendo.
Fue entonces cuando tuve la idea que estaba esperando. Dirigí mi mirada hacia el WC y me acerqué tímidamente, temerosa. Abrí la tapa y continué observándolo un poco desconcertada. Conduje mis dedos hacia el interior de mi boca y me provoqué una pequeña arcada. No hubo ningún resultado. Volví a intentarlo obteniendo resultados que me convencieron positivamente. Me produje un vómito, luego otro, y así sucesivamente hasta que me ganó el cansancio. Me había sobrepasado, estaba completamente "vacía". Sentía que me iba a desmayar. Pero, de alguna u otra forma, todo esto me hacía sentir extrañamente bien conmigo misma. Comencé a repetir este proceso durante los siguientes días.
Ya estaba más delgada, pero a la vez me sentía débil. Frágil como el cristal, liviana como una pluma. Cada vez quería más, cada vez me parecían menos mis crudos intentos por ser más delgada. Cada desesperado intento me parecía nada comparado con el anterior. Cada día mis intentos aumentaban su intensidad. No sabía en qué iba a terminar todo esto. Tenía miedo, pero por fin creía agradarle a la gente. Tenía miedo, pero a la vez creía que todo esto sería mucho mejor...